Nota: le dedico este texto a mi amiga, Silvia. Que el rugido de la vida nunca se apague en tu corazón.
Recuerdo aquellas noches. Pasada la una de la madrugada, cuando salíamos todos del bar y Silvia, corriendo, montaba en cualquier moto, lista para aferrarse a la cintura del maromo de turno.
- ¿A dónde vamos? – Preguntaba al grito y, transcurridos unos segundos, se respondía a sí misma entre risas, mientras todos la mirábamos – ¡Dónde sea, vamos allá! – y todos reíamos con ella, con la luz de las farolas iluminando la emoción en nuestras miradas. La emoción de vivir.
De escuchar el duro rugido de los motores en el silencio de la noche cerrada.
De sentir el frío intenso anestesiándonos las mejillas.
De observar las luces, como flashes de neón sobre la oscuridad.
Todos nos sentíamos llenos de vida y con las ganas de exprimirla a flor de piel, como si el mañana nunca fuera a llegar; como si el hambre de libertad fuera a acabar con nosotros, de no hacer algo al respecto. Contaba la leyenda que, de lunes a viernes, Silvia disimulaba ese fuego ardiente bajo un blazer, unos tacones y algo de pintalabios. Nadie hubiera dicho que era la misma, camuflada bajo la vida gris de oficina compartida por todos. Podría decir que yo lo vi… que quizás fue ahí donde la conocí. No obstante, siempre guardé y guardaré ese secreto. Al fin y al cabo, yo sabía quién era la Silvia de verdad.
La primera vez que me invitó a quedar con ella y el resto del grupo me preguntó: «¿Sabes conducir?«. «Ni motos ni ningún otro tipo de vehículo«, le contesté. Ella sonrió ampliamente: «Entonces agárrate bien a la cintura de cualquiera que sí lo haga, déjate llevar… y disfruta. Disfruta a tope«.
La noche.
El olor a cuero de las chaquetas negras.
Las jarras de cerveza.
Las risas.
La camaradería.
La velocidad.
La felicidad…
Nunca he vuelto a sentir nada como lo que compartimos en aquella época, durante las quedadas. Y, aunque perdimos el contacto, supongo que esos recuerdos son del tipo que, adormecidos en el inconsciente, te ponen la piel de gallina cuando de repente afloran, sin venir a cuento. Aún hoy, si me despierto de madrugada, me asomo por la ventana de mi habitación e imagino el rugido de una moto a lo lejos, en la carretera.
- Ahí va Silvia… libre. Indomable – pienso. Y me vuelvo a la cama a dormir, con una sonrisa en el rostro.
Zrsg90
