La radio

Cuando era niño, en el colegio, solía creer que tenía una radio en la cabeza, puesto que a veces sintonizaba las cosas que pasaban por la mente de mis compañeros de clase. En su inmensa mayoría eran tonterías y me hacían gracia. Pero ocasionalmente lo que venía a mí era más complejo, con palabras y sensaciones que no sólo no podía comprender sino que, incluso, llegaban a asustarme. Sin embargo, todo aquello para mí era normal. Y no tardé en darme cuenta de que podía ‘encender’ y ‘apagar’ esa radio a mi antojo. De hecho, un buen día en que el barullo de voces resultaba especialmente agobiante, decidí ‘apagarla’ sine die. Años más tarde, ya en la universidad, recordando aquellas anécdotas de mi niñez que nunca llegué a contar a nadie, decidí ‘encender’ aquel aparato mental, sólo para descubrir qué pasaba… y, pues, nada ocurrió. Me convencí entonces de que no habían sido sino meras ilusiones, surgidas de mi vasta imaginación infantil y, como tal, no me tomé siquiera la molestia de ‘apagar’ de nuevo el asunto.

No obstante, hace aproximadamente cinco meses me llevé una sorpresa. Todo comenzó, sin más, con un «Hola«, al que contesté de forma casi instintiva con otro «Hola«. Y a partir de entonces noté que, aunque no podía verlo, alguien me hacía compañía constantemente y que, en consecuencia, algunos aspectos de mi conducta empezaban a cambiar. Por ejemplo, aun siendo vegetariano, de repente me dio por pensar en la sangre. Me la imaginaba; la saboreaba; casi podía sentirla fluyendo en las venas de aquellos a mi alrededor. No sentía especial apetencia por un solomillo o un chuletón, pero sí por la sangre. Y a tal punto llegó la obsesión que una tarde en un restaurante, ante el asombro de los demás comensales, pedí un filete muy poco hecho, el cual devoré, para después rebañar la sangre del plato. Asimismo, por aquel entonces tenía un amante con quien quedaba de vez en cuando. Con él, las relaciones siempre eran suaves, tranquilas. Hasta que una noche lo sometí a una sesión de sexo tan rudo y salvaje que el chico, al terminar, me dijo que prefería no volver a quedar conmigo.

A veces, en el trabajo, me quedaba obnubilado, con la mirada perdida; me parecía distinguir en esos momentos una sonrisa ancha e inquietante, como la del gato de Cheshire, en Alicia en el país de las maravillas. Pero lo que en verdad me llevó a detenerme y a reflexionar fue algo que tuvo lugar una madrugada en la que me levanté para ir al baño. Al salir de mi habitación, pude ver claramente, aun en la oscuridad del pasillo de mi casa, aquella misma sonrisa, sólo que esta vez coronada por dos ojos rojos como la propia sangre; de un rojo intenso, como dos fogones incandescentes. Mentiría si dijera que sentí miedo, pero sí que me preocupé; de seguir adelante sin tomar medidas, presentía que los acontecimientos podrían evolucionar de forma incierta e indeseada.

  • ¿Quién eres y qué quieres? – le dije. No hubo respuesta – Sé que estás ahí y me oyes. Contéstame.

Acto seguido, sendas imágenes se desplegaron en mi mente, como si de una película se tratase. Aquel ser era muy viejo. Había pasado por la Tierra en carne y hueso, sí, pero muchos, muchos siglos antes de hacerlo yo. Y no había sido alguien precisamente bondadoso… más bien todo lo contrario. Me enseñó diferentes situaciones esperpénticas, como rituales. Escenas francamente macabras. Y en todas ellas veía aquella sonrisa siniestra, desplegándose en toda su amplitud siempre que se infligía crueldad a otros. Y vi sangre, mucha sangre. A borbotones. Y sentí una profunda repugnancia.

  • Déjame en paz – le dije – Sé lo que quieres. Ni yo soy un medio para proporcionártelo ni tú eres quién para exigírmelo. ¡Lárgate!

De pronto capté una ardiente oleada de ira. Y por primera vez sentí un cierto pavor. Intuía que aquel ser no podía hacerme daño aunque quisiese, pero sólo con percibir las cosas que tan desesperadamente ansiaba hacer, se me ponían los pelos como escarpias. Decidí ‘apagar’ la radio de inmediato, pero esta vez algo no parecía ir del todo bien. La cabeza empezó a dolerme mucho, como si me la estuviesen golpeando con un martillo. Como si alguien estuviera intentando derribar a patadas una puerta en el interior de mi cráneo.

  • ¡No bajes la guardia! – esa frase, sin venir a cuento, empezó a atormentarme, colándose de forma repetitiva en mis pensamientos, como un eco incesante.

Pasé dos días con una fuerte jaqueca que ningún medicamento pudo aplacar. Tuve incluso que tomar una baja médica. Afortunadamente, a partir del tercer día, el dolor empezó a ceder y los pensamientos intrusivos se fueron mitigando hasta que, por fin, desaparecieron del todo. Ahora sé que esto no fue el fruto de mi imaginación ni una mera ilusión infantil. Y sé también que no debería volver a ‘encender’ la radio jamás. Me temo que siempre habrá algo ahí, a la espera ser sintonizado, y que haría todo lo posible por destrozarlo todo a su paso. Empezando por mí.

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