«Hay algo en este calor que no es normal«. Una idea que no dejaba de rondarme la mente. Por supuesto era verano y, como siempre, yo lo pasaba trabajando, en Madrid. «¿Quién quiere la playa?«, «¿Para que pasarse la tarde en torno a una piscina?«, «¿Irse de viaje? ¿Para qué? ¿Adónde? Si está todo carísimo…«. Intentaba resistir, de la forma más estoica posible, el peso de la autoridad solar cayendo sobre mis hombros. «Pero, este año, algo pasa«, me decía a mí mismo. «Hay algo patológico, en este calor…«. Era el único de la casa que se había quedado y, casualmente, por aquel entonces mi interés por lo ‘oculto’ y lo ‘extraño’ estaba en su apogeo. «Sé que hay algo. Puedo sentirlo«, me repetía. Aquella tarde, al volver de la oficina, dejé el maletín sobre la cama, me desnudé y encendí el ventilador de inmediato. La inclemencia del sol hacía que ese momento, a las ocho de la tarde, pareciese una mera extensión del mediodía. Me recosté, cerré los ojos y decidí dejarme llevar por el agotamiento. En mi mente todo se volvió de un tono amarillo pastel; era arena, vastas extensiones que se difuminaban con el infinito. El ambiente entonces empezó a oscurecerse y la luz roja bañó aquel desierto. La luna y las estrellas aparecieron ensangrentadas en el firmamento. Una hoguera se elevó de repente, en la distancia, y junto a ella surgió una figura. El viento ardiente abanicaba la negra tela de sus ropajes, que lo tapaban de pies a cabeza, como si se tratase de un tuareg. Pero era otra cosa. Como dos supernovas, los resplandecientes ojos de la criatura se abrían paso entre las sombras. Nos miramos y lo supe. «Es ese ser«, me dije. «Él es la causa«. Desperté y me di cuenta de que tanto yo, como el colchón y la almohada estábamos empapados en sudor. Sentía la cabeza pesada y la boca seca. «Es él«, dije en voz alta. Los días siguientes le busqué desde mi radar mental. Sabía que estaba cerca, pero no lograba localizarlo con exactitud. Poco después, al llegar a casa otra tarde, percibí un aroma a hierbabuena en al aire y lo tuve claro en mi interior. Preparé el té y dispuse algunos platos en la mesa, haciendo lo que pude con lo que tenía en la nevera y en la despensa. Una vez organizado todo, cerré los ojos: «Puedes venir, eres mi invitado«. Lancé ese mensaje al universo y no tardé mucho en recibir una respuesta. Supe instintivamente que debía abrir la puerta de mi terraza para, acto seguido, dejar que una ráfaga de la brisa abrasadora penetrase en el salón. Me estremecí. Ahí estaba, el visitante, al fondo del pasillo, observándome desde las dos violentas supernovas situadas en su rostro. En la penumbra de mi casa, estoy seguro de que se superaron con creces los cuarenta y cinco grados centígrados.
- No deberías estar aquí – le dije – ésta no es tu tierra.
En mi cabeza se hizo un silencio hueco y, a continuación, una voz honda, susurrante, resonó: «Los seres del fuego vivimos allí donde éste va. Nos deslizamos como sus delicadas llamas al viento; como la suave arena fluyendo por entre los dedos de los hombres. Vosotros lo habéis propagado más allá de lo que llamas ‘nuestra tierra’. Sois vosotros los que nos habéis hecho venir«. En ese momento, me puse de rodillas, toqué el suelo con la frente, cerré los ojos y extendí los brazos.
- Por favor – le supliqué – debes regresar. Asumo esa responsabilidad, en nombre de todos los que son como yo. Pero debes marcharte – visualicé el desierto; la hoguera; la luz roja; la luna de sangre – vuelve a tu naturaleza, por favor. Vuelve a tu mundo, que no es éste, te lo pido con toda mi humildad.
No hubo más respuesta por su parte. Pasados unos pocos minutos, levanté la cabeza del suelo y miré hacia el pasillo. Ya no estaba. El viento, entonces, cesó. Un par de días más tarde vi en las noticias, en la televisión, que se anunciaba una esperadísima bajada de temperaturas, tras todos los accidentes y fallecimientos ocurridos a causa de esta última ola de calor extremo. Vinieron a mi mente distintas imágenes de la actividad humana y, de nuevo, el desierto bajo la imponente luz roja. Sentí escalofríos cuando comprendí, en mi fuera interno, que no se trataba de una mera visión, sino de una especie de premonición. «Un día toda la Tierra será de los seres del fuego«, pensé. «Nosotros llevamos ya tiempo preparándoles el terreno«. Tras ello, el informativo dio paso a la sección de deportes.
Zrsg90
