Estoy convencido de que no he sido la única persona en el mundo que ha necesitado hacer un ‘alto en el camino’. De hecho, estoy seguro de que somos muchos quienes en algún momento no nos hemos sentido bien con nosotros mismos o con nuestras vidas. En mi caso, ante tal escenario, decidí activar la luz de emergencia, reducir la velocidad hasta detenerme a un lado de la vía y, una vez al margen del tráfico, apagar el motor. Entonces, sin siquiera darme cuenta, me adentré en un proceso, el cual a mi parecer comprende grosso modo los siguientes estadios:
- Uno se hace consciente de que ha parado porque algo no iba bien. Se contempla, se acepta y se asume el malestar que se siente y se plantea la necesidad de cambiar el rumbo: no se puede seguir así.
- Se echa la vista atrás, para recorrer de nuevo los pasos que lo han traído a uno a donde está actualmente; se estudian y se comprenden las decisiones tomadas, por qué se tomaron, su contexto, sus resultados y sus consecuencias. Uno se responsabiliza, aceptando que se está donde se ha decidido estar.
- Uno se plantea hacia dónde quiere ir a partir de este punto, cuáles son los objetivos, por qué son importantes para uno, y cuál es la jerarquía de prioridades. Se elabora un plan de acción orientado a la consecución de esos nuevos objetivos.
- Una vez preparado, uno vuelve a encender el motor, se pone en marcha y se reengancha al incesante fluir del tráfico.
De forma ridículamente simplificada y resumida, considero que estos son los pasos que uno trata de dar, cuando uno entiende que debe parar y reorientarse, por su propio bien. Pero, ojo, hay varios factores a tener en cuenta:
- Para empezar, apretar el pedal del freno y parar no es fácil. Lo más sencillo es hacer ‘la vista gorda’, esbozar una falsa sonrisa, tratar de engañarse y proseguir con la huida de uno mismo, siguiendo hacia adelante. Hacia el abismo.
- La etapa 2 es complicada, en tanto en cuanto uno tiende a victimizar, para no asumir que uno tiene lo que ha decidido tener. Y, en caso de asumir la responsabilidad de la propia vida, es tremendamente sencillo quedar atrapado en un bucle emocional de culpabilización, ansiedad y desesperación: «¿Por qué hice esto y no aquello?» / «¿Por qué no me lo pensé mejor?» / «¿Y si hubiese…?«. En otras palabras, el círculo vicioso de los condicionales irreales, los «Y si…«.
- Si se llega a la etapa 3 con la mente y el corazón medianamente estables, uno se dará cuenta de que ésta tiene truco. Se pueden haber extraído conclusiones y/o aprendizajes valiosísimos hasta el momento, pero, si no se cambian las decisiones que se toman y las acciones que se emprenden, no se obtendrán resultados diferentes y, por tanto, no se logrará evolucionar. Todo lo contario: al vivir en una incoherencia constante entre lo que se piensa y lo que se hace, uno acabará sintiéndose perdido y frustrado de forma crónica.
He aquí, pues, el quid de la cuestión: si mis decisiones me han traido a donde estoy ahora, pero no me siento bien con ello, debo buscar un nuevo horizonte dentro de mis posibilidades y debo estar plenamente atento a las decisiones que tomo, para verificar que con ellas me acerco un poco más a donde quiera llegar.
Es cierto que en la vida no todo depende de uno. Hay miles de contextos, condicionantes y elementos externos que influyen en nosotros y en el rango mayor o menor de opciones que tengamos a mano. Sin embargo, como personas adultas y responsables de nosotras mismas, sabemos que hay algo que sí depende plenamente de uno: nuestras decisiones. Nuestro plan de acción.
Dejo aquí lo que, por tanto, me repito a mí mismo: atiende, vigila, plantéate y comprende bien tus decisiones, hacia dónde quieres que te lleven y si están apuntando en esa dirección, porque son ellas las baldosas con las que estás pavimentando la ruta hacia tu destino.
Zrsg90
