Archivo de la etiqueta: salud mental

Ego

¿Cuántas veces, al abrir la boca, no fui yo quién habló? ¿Y cuántas otras no la abrí, mas no quería guardar silencio? Quizás tantas como permití que las emociones me secuestrasen la mente y el cuerpo. ¿Qué desastres avaló el miedo, mientras la cobardía me apretaba el cuello y me oprimía el pecho? ¿A cuántas personas vi llorar de dolor, después de que la ira disparase, usando mi mano, un tiro certero? Desolador, como explicarse la realidad desde el victimismo. Por no mencionar los momentos en que las pasiones más básicas tomaron el control…

Hoy lo reconozco todo y soy capaz de ponerme en valor, sanamente, sin creerme por encima o por debajo del resto.

Hoy me siento en un lugar de paz y no cedo a nada ni a nadie la potestad de alterarla.

Hoy asumo un poder que siempre estuvo en mí y me elevo sobre una piedra con la que hasta ahora había tropezado tantas veces: el ego.

Gracias.

Zrsg90

El pozo

Nota: quiero dedicarle estas palabras a mi amiga, D., que está pasando por un mal momento. De todo se sale y de todo se aprende y se crece, reina. Tú puedes.

Hay muchas cosas que nos conectan a todos, como seres humanos que somos, pero sólo algunos de nosotros compartimos algo que es muy específico. Al cerrar los ojos, se hace la luz. Es entonces cuando uno se visualiza a sí mismo, a su vida, al entorno. Y, en medio del paisaje, ciertas personas divisamos un pozo. Si nos acercamos a él y nos asomamos, no vemos sino una profunda oscuridad, aparentemente sin fondo. No obstante, al aguzar el oído, captamos de repente un susurro que, poco a poco, va cobrando fuerza: «Ven«, nos invita una voz, cada vez con más firmeza y autoridad. Desde hace tiempo soy consciente de que siempre llevaré ese pozo dentro de mí. Y admito que en algunos momentos no sólo llegué a aproximarme, sino incluso a aventurarme en su interior. Afortunadamente, nunca me adentré tanto como para llegar a perder el camino de vuelta a la superficie.

Como los semejantes nos reconocemos entre nosotros, he podido percibir dicha sima también en el interior de personas cercanas a mí; algunas, muy queridas. De hecho, hace pocas semanas, le pedí a alguien que, aunque sienta constantemente el magnetismo de su pozo, no sucumba. «No quiero que alcances un punto de no retorno; no quiero enterarme de que un buen día te da por hacer alguna tontería«. Lo cierto es que por encima de ese lugar tenebroso hay un cielo lleno de astros brillantes; de arcoíris lustrosos. También hay fuentes de luz en el horizonte, sonido de risas y calidez; campos verdes que se expanden más allá de los sueños.

Por difícil que pueda resultar a veces, debemos hacer el esfuerzo de coexistir con la oscuridad, pero orientándonos a la luz. Aceptando las tinieblas y permitiendo que tengan el espacio que les corresponde, pero sin dejarles colonizar nuevos territorios. Con determinación, esperanza y paciencia, se puede avanzar. Y, si es necesario, se pide ayuda, pues siempre habrá quién pueda tenderle a uno una mano. Como se suele decir: «de todo se sale, menos de la muerte«. Y yo añadiría que, de todo se sale, se aprende y se crece.

Zrsg90

Decisiones y plan de acción: la ruta hacia tu destino

Estoy convencido de que no he sido la única persona en el mundo que ha necesitado hacer un ‘alto en el camino’. De hecho, estoy seguro de que somos muchos quienes en algún momento no nos hemos sentido bien con nosotros mismos o con nuestras vidas. En mi caso, ante tal escenario, decidí activar la luz de emergencia, reducir la velocidad hasta detenerme a un lado de la vía y, una vez al margen del tráfico, apagar el motor. Entonces, sin siquiera darme cuenta, me adentré en un proceso, el cual a mi parecer comprende grosso modo los siguientes estadios:

  1. Uno se hace consciente de que ha parado porque algo no iba bien. Se contempla, se acepta y se asume el malestar que se siente y se plantea la necesidad de cambiar el rumbo: no se puede seguir así.
  2. Se echa la vista atrás, para recorrer de nuevo los pasos que lo han traído a uno a donde está actualmente; se estudian y se comprenden las decisiones tomadas, por qué se tomaron, su contexto, sus resultados y sus consecuencias. Uno se responsabiliza, aceptando que se está donde se ha decidido estar.
  3. Uno se plantea hacia dónde quiere ir a partir de este punto, cuáles son los objetivos, por qué son importantes para uno, y cuál es la jerarquía de prioridades. Se elabora un plan de acción orientado a la consecución de esos nuevos objetivos.
  4. Una vez preparado, uno vuelve a encender el motor, se pone en marcha y se reengancha al incesante fluir del tráfico.

De forma ridículamente simplificada y resumida, considero que estos son los pasos que uno trata de dar, cuando uno entiende que debe parar y reorientarse, por su propio bien. Pero, ojo, hay varios factores a tener en cuenta:

  • Para empezar, apretar el pedal del freno y parar no es fácil. Lo más sencillo es hacer ‘la vista gorda’, esbozar una falsa sonrisa, tratar de engañarse y proseguir con la huida de uno mismo, siguiendo hacia adelante. Hacia el abismo.
  • La etapa 2 es complicada, en tanto en cuanto uno tiende a victimizar, para no asumir que uno tiene lo que ha decidido tener. Y, en caso de asumir la responsabilidad de la propia vida, es tremendamente sencillo quedar atrapado en un bucle emocional de culpabilización, ansiedad y desesperación: «¿Por qué hice esto y no aquello?» / «¿Por qué no me lo pensé mejor?» / «¿Y si hubiese…?«. En otras palabras, el círculo vicioso de los condicionales irreales, los «Y si…«.
  • Si se llega a la etapa 3 con la mente y el corazón medianamente estables, uno se dará cuenta de que ésta tiene truco. Se pueden haber extraído conclusiones y/o aprendizajes valiosísimos hasta el momento, pero, si no se cambian las decisiones que se toman y las acciones que se emprenden, no se obtendrán resultados diferentes y, por tanto, no se logrará evolucionar. Todo lo contario: al vivir en una incoherencia constante entre lo que se piensa y lo que se hace, uno acabará sintiéndose perdido y frustrado de forma crónica.

He aquí, pues, el quid de la cuestión: si mis decisiones me han traido a donde estoy ahora, pero no me siento bien con ello, debo buscar un nuevo horizonte dentro de mis posibilidades y debo estar plenamente atento a las decisiones que tomo, para verificar que con ellas me acerco un poco más a donde quiera llegar.

Es cierto que en la vida no todo depende de uno. Hay miles de contextos, condicionantes y elementos externos que influyen en nosotros y en el rango mayor o menor de opciones que tengamos a mano. Sin embargo, como personas adultas y responsables de nosotras mismas, sabemos que hay algo que sí depende plenamente de uno: nuestras decisiones. Nuestro plan de acción.

Dejo aquí lo que, por tanto, me repito a mí mismo: atiende, vigila, plantéate y comprende bien tus decisiones, hacia dónde quieres que te lleven y si están apuntando en esa dirección, porque son ellas las baldosas con las que estás pavimentando la ruta hacia tu destino.

Zrsg90