En el 2007, yo contaba diecisiete años y cursaba segundo de bachillerato, en Madrid. Un día como otro cualquiera, una chica de mi clase llamada Karima, a quién había conocido a través de una amiga común, me hizo una proposición:
- ¿Te apetece que vayamos a correr esta tarde, después de clase?
Recuerdo las agujetas en las piernas, tras aquellas primeras vueltas al perímetro del Parque de Berlín, junto con Karima. También la primera vez que identifiqué en mí esa inaudita sensación de libertad y de felicidad. Ese fue el principio de una historia que aún continúa, casi dieciocho años después: mi historia de amor, y de idas y venidas, con el atletismo.
Estoy seguro de que correr, sobre todo el fondismo, tiene un significado especial para cada persona que lo practica, independientemente de que sea profesional o amateur. Sin duda, a partir de un cierto número de kilómetros, la técnica y la hidratación son importantes, pero lo crucial es aquello que te motiva a seguir, la razón por la cual se corre. ¿Y por qué corro yo?
He corrido contra el cáncer; por la salud mental; por el síndrome de Down. He corrido sin ganas, por mera disciplina, a las cinco y pico de la madrugada. Lo he hecho por mi familia y también por algunos nombres anotados en un dorsal; por personas que aún siguen entre nosotros y por otras que, lamentablemente, ya no. Por superarme e ir más allá de mí mismo. Y, fundamentalmente, por algo que no me abandonó nunca, pese a las temporadas que pasé sin entrenar: el amor al deporte en sí mismo.
Aunque hace tiempo que perdí el contacto con Karima, nunca podré agradecerle lo suficiente el haberme hecho, tal vez sin ser consciente de ello, un regalo tan especial. Rita Levi-Montalcini dijo: «Cuando unas neuronas mueren, otras adyacentes pueden retomar su actividad, pero para que esto se produzca es indispensable tener ilusión«. Y a mí, disponer de la salud, la capacidad y los medios necesarios para poder practicar este deporte, es algo que cada día me llena de gratitud y de ilusión.
Zrsg90
