El pasado y las arenas movedizas

El pasado es como una biblioteca privada para cada uno, donde se conservan álbumes de fotos y de recortes sobre nuestras vidas; libros y diccionarios sobre nuestras memorias, experiencias y significaciones personales. Podemos dedicar largos ratos a pasear dentro de nosotros, por esos interminables corredores; sentir desde nostalgia hasta horror, durante el ejercicio de evocación; aprender algo útil, una vez que el tiempo hace su trabajo, ayudándonos a separar el grano de la paja. Sin embargo, esa proyección hacia atrás no está exenta de peligros, pues ocasionalmente el suelo de esas bibliotecas particulares puede dejar de ser firme, para volverse de arenas movedizas. Y el acto inocente de mirar atrás se torna en un bucle mental, un bloqueo emocional, del cual es difícil salir.

Si hay un ritual arduo es el de mirarse al espejo. No para lavarse la cara, por la mañana, ni para maquillarse antes de salir, sino para reconocerse a uno mismo por lo que ha sido y lo que es a día de hoy. Desconectar el piloto automático, abandonar toda distracción y prestar verdadera atención a esa imagen que nos devuelve la superficie reflectante, observando más allá de la piel. Si hay algo doloroso es sincerarse con uno mismo, dándose cuenta de que uno no es lo que se ha hecho creer; que uno no es el ‘bueno’ de la historia; que uno también se ha equivocado, más o menos conscientemente, y que también ha hecho daño y se ha portado mal con otros; que las ideas o conceptos que se veneraba como dogmas, en realidad son estructuras de barro que cualquier llovizna puede deshacer.

Entonces, desde el malestar de la verdad, uno recorre una vez más los pasillos de sus recuerdos, dándose permiso de ver lo que antes no quería o no podía. Pero es justo ahí, durante ese viaje, cuando más acecha el peligro de no poder regresar; de quedarse atrapado en el pasado. Los días pueden sucederse uno tras otro y uno quizás siga abriendo los ojos cada mañana. No obstante, no se está donde se tiene que estar, que es en el momento presente. En el fondo, uno está suspendido en una dimensión remota. Y lo peor es que a veces no se da uno cuenta de que la arena movediza ya la llega al cuello y que, si se hunde del todo, dejará de respirar… y de vivir.

Si algo recuerdo con cariño de El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, es el ansia de su protagonista por volver atrás. Yo también lo he sentido y no sé cuántas veces habría deseado retroceder, para cambiar lo que en su momento decidí que fuese mi destino. Pero, sencillamente, es imposible. No podemos viajar en el tiempo, pero sí analizar, comprender y aceptar aquello que nos duele. E incluso perdonarnos y permitirnos seguir adelante, buscando lo que para nosotros sea la felicidad. Ésa es la cuerda a la que aferrarnos para escapar de las arenas movedizas: la capacidad de comprendernos, perdonarnos y querernos; de recordar que cada nuevo día no es sino una oportunidad para estar en el presente y aplicar precisamente aquello que se haya podido aprender del pasado.

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