Degradación

La degradación tiene forma de espiral descendente. Se empieza con un detonante cualquiera, algo inocente incluso, hasta que un buen día, asombrado, te preguntas: «¿Cómo he llegado a esto?«.

La autodestrucción tiene un cierto componente adictivo. El dolor al principio es sólo dolor, hasta que, con algo de tiempo e insistencia, se comienza a hallar placer en él.

Hay una erótica en la hazaña de traspasar velozmente fronteras que jamás imaginaste que cruzarías, pagando en cada peaje con una pequeña parte de ti.

Y siempre pides más: «Repítelo, hazlo de nuevo. Dame un poco más fuerte esta vez«. Pero no es a nadie, sino a tu propia imagen en el espejo, a quien se lo dices.

Se convierte en un reto. Como en aquella película de Cronenberg en la que los personajes, fuera de toda moral, se dicen mutuamente, casi a modo de promesa, que seguirán así hasta morir.

Y ahí está Ella: tras cada juego del «pilla-pilla». Es la sombra que se vislumbra tras cada nuevo límite pendiente de franquear; el último territorio por explorar.

Sí. La degradación tiene una irresistible forma de espiral descendente. Y finaliza allá donde haya cenizas esparcidas al viento o carne pudriéndose a pocos metros bajo el suelo.

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