Mediocridad

«Extiende tu muñeca hacia mis labios«, me ordena. Y yo, sumiso, me entrego.

Desnudo mi piel al completo y le invito: «Haz conmigo lo que quieras«.

Yo ya sabía lo que había, cuando él vino a mi encuentro en aquel cruce de caminos.

Uno de ellos continuaba la vida que entonces llevaba; obviamente fue el otro el que a sabiendas elegí.

«¿Qué es el alma, al fin y al cabo?«, pensé yo. «¿Qué más da derramar en su boca cada día algo de sangre? Hoy un poquito; mañana, un poquito más«.

Él me ofreció el oro, sí, pero sin ocultarme el precio. Nunca hubo por su parte ni trampa ni opacidad.

¿Para qué mentir, entonces? ¡Máscaras fuera ya! Es hora, por fin, de admitir mi infinita mediocridad. Cuando alguien llama ‘caricias’ a unos cuantos latigazos, yo sonrío y, obediente, le pido cada vez más.

Y la cuestión es que sé que nada cambiará jamás. Por eso, para uno no hay derechos ni lamentos ni dignidad.

Al menos, seamos honestos: no fue él quien propició el encuentro.

Fui yo quien obligó al Diablo a venir, con el culo en alto y la frente pegada al suelo.

Zrsg90