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Leal

Una vez leí en la Biblia el pasaje de la puerta estrecha y me gustó. Considero que guardan mucha verdad esas palabras. Mas yo diría que no es sólo una puerta, sino un camino. El sendero estrecho de la honestidad para con uno mismo que, a su vez, lleva forzosamente a ser coherente con el entorno. Se puede mentir a los demás, pero no a uno mismo, a menos que de tanto intentar creerse los propios embustes, se acabe por perder la cordura, al no poder ya diferenciar entre realidad y ficción.

La vía de la integridad y del equilibrio con aquello que uno lleva dentro es solitaria. Por eso conviene conseguir que la propia compañía sea buena. Sé que tal vez vea el ocaso solo, pero al menos lo haré sintiendo que me he sido leal. Cuando el mundo se acabe para mí, sé que preferiré bailar solo, pero libre, que caer bajo el peso insoportable de una máscara, para entonces ya indistinguible de mi propia piel, rodeado por una multitud indolente.

Y también sé que aquellos que me aman estarán esperando y tenderán su mano hacia mí.

La estrechez y la soledad por fin habrán terminado.

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Mediocridad

«Extiende tu muñeca hacia mis labios«, me ordena. Y yo, sumiso, me entrego.

Desnudo mi piel al completo y le invito: «Haz conmigo lo que quieras«.

Yo ya sabía lo que había, cuando él vino a mi encuentro en aquel cruce de caminos.

Uno de ellos continuaba la vida que entonces llevaba; obviamente fue el otro el que a sabiendas elegí.

«¿Qué es el alma, al fin y al cabo?«, pensé yo. «¿Qué más da derramar en su boca cada día algo de sangre? Hoy un poquito; mañana, un poquito más«.

Él me ofreció el oro, sí, pero sin ocultarme el precio. Nunca hubo por su parte ni trampa ni opacidad.

¿Para qué mentir, entonces? ¡Máscaras fuera ya! Es hora, por fin, de admitir mi infinita mediocridad. Cuando alguien llama ‘caricias’ a unos cuantos latigazos, yo sonrío y, obediente, le pido cada vez más.

Y la cuestión es que sé que nada cambiará jamás. Por eso, para uno no hay derechos ni lamentos ni dignidad.

Al menos, seamos honestos: no fue él quien propició el encuentro.

Fui yo quien obligó al Diablo a venir, con el culo en alto y la frente pegada al suelo.

Zrsg90