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Sobre el Autor

junio 2026
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  • Libertad

    Si mi ego obstaculiza, no hay problema: lo despejo de la ecuación. Acato, sin opinar, las reglas que vienen dadas desde fuera. Mantengo la boca cerrada y la mirada, indolente. Fluyo como una gota más en el océano; como otro grano de arena en el desierto.

    Pero, atención: lo que custodia mi cabeza nadie lo podrá expropiar. Que el Gran Hermano me vigile desde cada pared no significa que me esté escrutando por dentro. Ni aun quebrando la vasija podrían robar su contenido.

    Tras estos labios sellados hay un espacio infinito que nadie puede penetrar. Y yo, desde ahí, echo a volar alto.

    Zrsg90

  • Apocalipsis

    I

    Como si de aquel cuento de Bradbury se tratase, todos sabíamos que ése sería el último día. Estaba claro y lo teníamos interiorizado ya.

    • He madrugado, pero ya no tengo que ir a trabajar -pensé según apagaba la alarma del despertador de mi teléfono móvil.

    Lély ya estaba en la cocina. Tomamos un café, sin apenas cruzar palabra. Ninguno de los dos sentía la necesidad de comentar nada de particular.

    • Si quieres, cuando caiga la noche, podemos ir al parque que te gusta -dijo al fin Lély, mirándome- podemos pasar por el supermercado, coger algo de comer, ir allí… y esperar.
    • Bueno… -contesté- habrá que ver si todavía queda algo en el supermercado.

    Intentamos esbozar una sonrisa. A decir verdad, aun estando ambos tranquilos, teníamos un poco de miedo.

    II

    Muchas personas ya habían dejado la ciudad. De hecho, aunque se habían acometido algunos actos de vandalismo en tiendas del centro, las calles estaban mayoritariamente desiertas. Llegamos al supermercado a eso de las 19h y, como había imaginado, en muchos pasillos se notaba la escasez. No obstante, pudimos meter en una bolsa una tarrina de helado, cubiertos de plástico, patatas fritas y refrescos. Cuando estábamos a punto de salir, me di cuenta de que Lély se había parado en seco.

    • Nene, eso es robar…
    • No hay cajeros. No hay nadie. Ya ves que los demás entran, pillan lo que sea que necesiten y se largan -argumenté. Lély, entonces, sacó un billete de 10 euros de su cartera y lo dejó sobre la cinta de una de las cajas.
    • Recuerda lo que nos decía mamá siempre -dijo, sin levantar la mirada, con la voz entrecortada- somos pobres, pero tenemos dignidad.

    La abracé y le di dos besos. Dejamos escapar algunas lágrimas y emprendimos la marcha.

    III

    En la soledad de aquella colina, mi favorita del parque, los colores del ocaso parecían, si cabe, más espectaculares que nunca. Sentados en una toalla que habíamos extendido sobre el césped, improvisamos un picnic. Madrid, en el horizonte, se veía preciosa. Al no haber red ni comunicaciones disponibles, no pudimos contactar con nuestros familiares en Barcelona. Coloqué junto a nosotros algunas fotos que me había llevado de casa y, al mirarlas, el corazón me dio un vuelco.

    • No te preocupes -le dije a Lély, intentando mantener la compostura- nos reencontraremos todos en el más allá… estoy seguro.

    Bajo las pocas estrellas que salieron a hacernos compañía, contemplamos desde nuestro privilegiado palco cómo los rascacielos de Chamartín por fin empezaban a caer. El panorama se derretía, como si fuera mantequilla. Y, aún así, pese a la destrucción, reinaba la paz. La ciudad había decidido no resistirse a su destino.

    • Me alegro de estar aquí, contigo -Lély y yo nos miramos en silencio. La emoción nos invadió. Mientras llorábamos, nos fundimos en un abrazo.
    • ¡Te amo! -exclamamos, finalmente, con una sola, y ya eterna, voz.

    Zrsg90

  • Patrimonio

    Me he sentado a una mesa bajo el atardecer, con mis mejores galas, en un jardín hermoso y casi secreto, donde alguien me servía una copa de vino y algo de comer. He cruzado fronteras, para disfrutar de la exótica belleza de lo ajeno, apreciar la musicalidad de lenguas distintas a la mía y, desde la comodidad del turista, contemplar el trajín de los demás en su día a día. Hay quien tiene a su nombre sendas propiedades. Castillos en la campiña, como si los hubiera descrito la pluma de Jane Austen; vehículos que los ingenieros de antaño no llegaron ni a soñar; la entrada VIP a todas las fiestas, casi como bailes en la corte de los Romanov. Pero admito que la fragancia a lavanda sobre mi piel a veces me resulta innecesaria. Y hubiese salido corriendo de aquel jardín del Edén, dejando la copa de vino intacta. Me despojaría de la ropa, tan distinguida, y dejaría las gemas que me adornan de vuelta en el suelo al que pertenecen de verdad. Pues, ¿de qué me podría servir todo aquello, si no tuviera lo más valioso?

    Mi patrimonio es el abrazo de quien me dio la vida; el momento de conexión espontánea con un amigo; los recuerdos de quiénes ya no están y espero reencontrar algún día. La paz interior que siento de noche, cuando apoyo la cabeza sobre la almohada. Si eso me faltara, aun en primera fila ante el paisaje más sublime del mundo, lo único que acaso contemplaría sería mi flagrante pobreza. No sería yo más que un adinerado, ostentoso y perfumado cadáver andante; no más que una mera apariencia sin esencia.

    Zrsg90