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junio 2026
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  • El loco

    En mi opinión, humilde e ignorante, pero al fin y al cabo libre, existen dos lecturas para el Arcano cero:

    • A) La inconsciencia absoluta; la estupidez; la ceguera. En definitiva, la perdición.
    • B) La fe; el paso firme; la visión clara. En resumidas cuentas, la certeza.

    Puede ser una aproximación algo reduccionista y simplista respecto de todo cuanto simboliza dicha carta, pero cada día se toman decisiones que acarrean consecuencias en la vida y, si hay un factor determinante en dicho proceso, es el nivel de consciencia de cada quién. ¿Por qué optaste por una vía, descartando las otras? ¿Analizaste todos los escenarios? ¿Eras consciente de tu punto de partida, de tu situación real y de la factibilidad de tus expectativas? ¿Te planteaste las posibles consecuencias y sus efectos?

    Se puede avanzar hacia el precipicio, con la mente perdida entre castillos en el aire, aun cuando hay quien intenta prevenirte sobre lo que estás a punto de hacer. ¿Qué ocurrirá? Te despeñarás y tal vez sea tu fin. O quizás, no. También puedes ir con paso seguro, fe y aplomo, sabiendo que, aunque el suelo desaparecerá bajo tus pies, tus alas se activarán y volarás. Volarás alto, siguiendo el rumbo de los sueños.

    Cada día al amanecer, entre otras cosas, uno tiene la posibilidad de escoger cuál de estas dos interpretaciones de «El Loco» se desea implementar. Es importante dedicarle tiempo a esta reflexión, porque la vida puede pasar a veces facturas que resulten muy caras de pagar. Y ciertamente hay ‘hipotecas’ con las que la convivencia se hace difícil.

    Zrsg90

  • Djinn

    «Hay algo en este calor que no es normal«. Una idea que no dejaba de rondarme la mente. Por supuesto era verano y, como siempre, yo lo pasaba trabajando, en Madrid. «¿Quién quiere la playa?«, «¿Para que pasarse la tarde en torno a una piscina?«, «¿Irse de viaje? ¿Para qué? ¿Adónde? Si está todo carísimo…«. Intentaba resistir, de la forma más estoica posible, el peso de la autoridad solar cayendo sobre mis hombros. «Pero, este año, algo pasa«, me decía a mí mismo. «Hay algo patológico, en este calor…«. Era el único de la casa que se había quedado y, casualmente, por aquel entonces mi interés por lo ‘oculto’ y lo ‘extraño’ estaba en su apogeo. «Sé que hay algo. Puedo sentirlo«, me repetía. Aquella tarde, al volver de la oficina, dejé el maletín sobre la cama, me desnudé y encendí el ventilador de inmediato. La inclemencia del sol hacía que ese momento, a las ocho de la tarde, pareciese una mera extensión del mediodía. Me recosté, cerré los ojos y decidí dejarme llevar por el agotamiento. En mi mente todo se volvió de un tono amarillo pastel; era arena, vastas extensiones que se difuminaban con el infinito. El ambiente entonces empezó a oscurecerse y la luz roja bañó aquel desierto. La luna y las estrellas aparecieron ensangrentadas en el firmamento. Una hoguera se elevó de repente, en la distancia, y junto a ella surgió una figura. El viento ardiente abanicaba la negra tela de sus ropajes, que lo tapaban de pies a cabeza, como si se tratase de un tuareg. Pero era otra cosa. Como dos supernovas, los resplandecientes ojos de la criatura se abrían paso entre las sombras. Nos miramos y lo supe. «Es ese ser«, me dije. «Él es la causa«. Desperté y me di cuenta de que tanto yo, como el colchón y la almohada estábamos empapados en sudor. Sentía la cabeza pesada y la boca seca. «Es él«, dije en voz alta. Los días siguientes le busqué desde mi radar mental. Sabía que estaba cerca, pero no lograba localizarlo con exactitud. Poco después, al llegar a casa otra tarde, percibí un aroma a hierbabuena en al aire y lo tuve claro en mi interior. Preparé el té y dispuse algunos platos en la mesa, haciendo lo que pude con lo que tenía en la nevera y en la despensa. Una vez organizado todo, cerré los ojos: «Puedes venir, eres mi invitado«. Lancé ese mensaje al universo y no tardé mucho en recibir una respuesta. Supe instintivamente que debía abrir la puerta de mi terraza para, acto seguido, dejar que una ráfaga de la brisa abrasadora penetrase en el salón. Me estremecí. Ahí estaba, el visitante, al fondo del pasillo, observándome desde las dos violentas supernovas situadas en su rostro. En la penumbra de mi casa, estoy seguro de que se superaron con creces los cuarenta y cinco grados centígrados.

    • No deberías estar aquí – le dije – ésta no es tu tierra.

    En mi cabeza se hizo un silencio hueco y, a continuación, una voz honda, susurrante, resonó: «Los seres del fuego vivimos allí donde éste va. Nos deslizamos como sus delicadas llamas al viento; como la suave arena fluyendo por entre los dedos de los hombres. Vosotros lo habéis propagado más allá de lo que llamas ‘nuestra tierra’. Sois vosotros los que nos habéis hecho venir«. En ese momento, me puse de rodillas, toqué el suelo con la frente, cerré los ojos y extendí los brazos.

    • Por favor – le supliqué – debes regresar. Asumo esa responsabilidad, en nombre de todos los que son como yo. Pero debes marcharte – visualicé el desierto; la hoguera; la luz roja; la luna de sangre – vuelve a tu naturaleza, por favor. Vuelve a tu mundo, que no es éste, te lo pido con toda mi humildad.

    No hubo más respuesta por su parte. Pasados unos pocos minutos, levanté la cabeza del suelo y miré hacia el pasillo. Ya no estaba. El viento, entonces, cesó. Un par de días más tarde vi en las noticias, en la televisión, que se anunciaba una esperadísima bajada de temperaturas, tras todos los accidentes y fallecimientos ocurridos a causa de esta última ola de calor extremo. Vinieron a mi mente distintas imágenes de la actividad humana y, de nuevo, el desierto bajo la imponente luz roja. Sentí escalofríos cuando comprendí, en mi fuera interno, que no se trataba de una mera visión, sino de una especie de premonición. «Un día toda la Tierra será de los seres del fuego«, pensé. «Nosotros llevamos ya tiempo preparándoles el terreno«. Tras ello, el informativo dio paso a la sección de deportes.

    Zrsg90

  • La radio

    Cuando era niño, en el colegio, solía creer que tenía una radio en la cabeza, puesto que a veces sintonizaba las cosas que pasaban por la mente de mis compañeros de clase. En su inmensa mayoría eran tonterías y me hacían gracia. Pero ocasionalmente lo que venía a mí era más complejo, con palabras y sensaciones que no sólo no podía comprender sino que, incluso, llegaban a asustarme. Sin embargo, todo aquello para mí era normal. Y no tardé en darme cuenta de que podía ‘encender’ y ‘apagar’ esa radio a mi antojo. De hecho, un buen día en que el barullo de voces resultaba especialmente agobiante, decidí ‘apagarla’ sine die. Años más tarde, ya en la universidad, recordando aquellas anécdotas de mi niñez que nunca llegué a contar a nadie, decidí ‘encender’ aquel aparato mental, sólo para descubrir qué pasaba… y, pues, nada ocurrió. Me convencí entonces de que no habían sido sino meras ilusiones, surgidas de mi vasta imaginación infantil y, como tal, no me tomé siquiera la molestia de ‘apagar’ de nuevo el asunto.

    No obstante, hace aproximadamente cinco meses me llevé una sorpresa. Todo comenzó, sin más, con un «Hola«, al que contesté de forma casi instintiva con otro «Hola«. Y a partir de entonces noté que, aunque no podía verlo, alguien me hacía compañía constantemente y que, en consecuencia, algunos aspectos de mi conducta empezaban a cambiar. Por ejemplo, aun siendo vegetariano, de repente me dio por pensar en la sangre. Me la imaginaba; la saboreaba; casi podía sentirla fluyendo en las venas de aquellos a mi alrededor. No sentía especial apetencia por un solomillo o un chuletón, pero sí por la sangre. Y a tal punto llegó la obsesión que una tarde en un restaurante, ante el asombro de los demás comensales, pedí un filete muy poco hecho, el cual devoré, para después rebañar la sangre del plato. Asimismo, por aquel entonces tenía un amante con quien quedaba de vez en cuando. Con él, las relaciones siempre eran suaves, tranquilas. Hasta que una noche lo sometí a una sesión de sexo tan rudo y salvaje que el chico, al terminar, me dijo que prefería no volver a quedar conmigo.

    A veces, en el trabajo, me quedaba obnubilado, con la mirada perdida; me parecía distinguir en esos momentos una sonrisa ancha e inquietante, como la del gato de Cheshire, en Alicia en el país de las maravillas. Pero lo que en verdad me llevó a detenerme y a reflexionar fue algo que tuvo lugar una madrugada en la que me levanté para ir al baño. Al salir de mi habitación, pude ver claramente, aun en la oscuridad del pasillo de mi casa, aquella misma sonrisa, sólo que esta vez coronada por dos ojos rojos como la propia sangre; de un rojo intenso, como dos fogones incandescentes. Mentiría si dijera que sentí miedo, pero sí que me preocupé; de seguir adelante sin tomar medidas, presentía que los acontecimientos podrían evolucionar de forma incierta e indeseada.

    • ¿Quién eres y qué quieres? – le dije. No hubo respuesta – Sé que estás ahí y me oyes. Contéstame.

    Acto seguido, sendas imágenes se desplegaron en mi mente, como si de una película se tratase. Aquel ser era muy viejo. Había pasado por la Tierra en carne y hueso, sí, pero muchos, muchos siglos antes de hacerlo yo. Y no había sido alguien precisamente bondadoso… más bien todo lo contrario. Me enseñó diferentes situaciones esperpénticas, como rituales. Escenas francamente macabras. Y en todas ellas veía aquella sonrisa siniestra, desplegándose en toda su amplitud siempre que se infligía crueldad a otros. Y vi sangre, mucha sangre. A borbotones. Y sentí una profunda repugnancia.

    • Déjame en paz – le dije – Sé lo que quieres. Ni yo soy un medio para proporcionártelo ni tú eres quién para exigírmelo. ¡Lárgate!

    De pronto capté una ardiente oleada de ira. Y por primera vez sentí un cierto pavor. Intuía que aquel ser no podía hacerme daño aunque quisiese, pero sólo con percibir las cosas que tan desesperadamente ansiaba hacer, se me ponían los pelos como escarpias. Decidí ‘apagar’ la radio de inmediato, pero esta vez algo no parecía ir del todo bien. La cabeza empezó a dolerme mucho, como si me la estuviesen golpeando con un martillo. Como si alguien estuviera intentando derribar a patadas una puerta en el interior de mi cráneo.

    • ¡No bajes la guardia! – esa frase, sin venir a cuento, empezó a atormentarme, colándose de forma repetitiva en mis pensamientos, como un eco incesante.

    Pasé dos días con una fuerte jaqueca que ningún medicamento pudo aplacar. Tuve incluso que tomar una baja médica. Afortunadamente, a partir del tercer día, el dolor empezó a ceder y los pensamientos intrusivos se fueron mitigando hasta que, por fin, desaparecieron del todo. Ahora sé que esto no fue el fruto de mi imaginación ni una mera ilusión infantil. Y sé también que no debería volver a ‘encender’ la radio jamás. Me temo que siempre habrá algo ahí, a la espera ser sintonizado, y que haría todo lo posible por destrozarlo todo a su paso. Empezando por mí.

    Zrsg90