Todos en algún momento habremos leído, escuchado, escrito o pronunciado, tal vez con otras palabras, algunas de las siguientes frases:
- No hay dos vidas iguales.
- El cuchillo con el que me ‘tallo’ a mí mismo posiblemente no sirva para ‘cortar’ a nadie más.
- Cada persona está inmersa en su propio viaje o experiencia de vida; en su aprendizaje particular y en la lucha por salir adelante.
Estas ideas son tremendamente fáciles de plasmar por escrito o de expresar en voz alta, como un loro que repite lo que oye. Eso sí, qué complicado es en verdad comprender lo que significan y, sobre todo, aplicarlas en la cotidianidad. Veamos: ¿Cuánto tiempo empleamos señalando a los demás, sin plantearnos que tal vez lo que tan claramente criticamos en el otro es exactamente lo que reconocemos en nosotros mismos? ¿Cuánta energía invertimos en mirar hacia afuera, en lugar de revisarnos por dentro? ¿Por qué pretendemos tan a menudo que todos estén de acuerdo con nuestras ideas y nos enfadamos si nos llevan la contraria? ¿Por qué tiende uno a creer que su verdad es universal y absoluta? En principio, podría parecer que estas preguntas poco tienen que ver con la comunicación. Sin embargo, influyen de forma peligrosa.
Uno de los pilares de la comunicación interpersonal sana es de hecho el respeto. Por ejemplo: si no me doy cuenta de que soy capaz de detectar la soberbia en otro ser humano, debido a que tal soberbia también habita en mí, quizás cometeré el error de creer que no estoy en igualdad de condiciones con esa persona. Incluso podría creerme ‘mejor’ que ella. Y, de ocurrir, correría el riesgo de emitir un mensaje desde una posición de ‘superioridad moral’ o de falsa condescendencia. Otra casuística: si no me doy cuenta de que lo que a mí me sirve tal vez no sea de utilidad para otro, incluso estando éste en medio de una situación similar, posiblemente intente poner mi verdad por encima de la del otro. Esto no sólo es irrespetuoso, sino que posiblemente mi interlocutor lo interprete como una agresión y sienta que lo estoy hiriendo, cuando en realidad mi intención era ayudar.
Muchos han compartido reflexiones sobre la empatía. Para mí, se trata casi de un poder mágico; de una ardua disciplina que conviene trabajar cada día, si se quiere asimilar una serie de ideas que pueden marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso en comunicación:
- No soy mejor ni peor que nadie.
- No puedo compararme con nadie ni nadie puede compararse conmigo, puesto que cada vida es diferente.
- Lo que a mí me funciona no tiene por qué funcionarle a otro, y viceversa.
- ¿Lo que observo en el otro, que me molesta o que rechazo, es acaso algo que tengo también en mí? ¿Será ése tal vez el origen del malestar?
- Aunque a veces no entienda por qué el otro hace lo que hace, sé que todo acto responde a unos motivos.
- En caso de que me afecten o me ‘salpiquen’ las consecuencias colaterales de la decisión de otra persona, el primer paso que dar consistirá en comprender las razones de lo ocurrido, no reaccionar de forma agresiva o destructiva.
Sobre todo esto, como he comentado antes, resulta muy fácil hablar, pero es difícil ponerlo en práctica. No obstante, como ocurre con tantas otras cosas, sospecho que se trata de una carrera de fondo, más que de velocidad. Además, ¿qué pasa si me equivoco o si se me olvida? Nada: al final uno es humano. Lo importante es aprender. Como se suele decir: «ensayo y error«.
Zrsg90
