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Interpélame

De buenas intenciones se edificó el infierno, dicen. Así pues, admito la mala costumbre que he tenido tantas veces de decirte lo que pienso, sin que tú antes me lo hubieses preguntado. Aun con la mejor voluntad, reconozco que me precipité, dejando que fluyese la corriente de palabras a través de mi boca. Y, algunas de esas veces, tu reacción fue violenta. Lo comprendo: es incómodo que te enseñen lo que no quieres ver o que te digan lo que no te apetece escuchar. A todos nos pasa, supongo.

Hoy vengo entonces a comunicarte que, a partir de ahora, esperaré a que me llames por mi nombre y apellidos, directamente, si esperas algo de mí; ya sea un punto de vista u opinión. Y tendrás que disculparme si, aunque note que caminas al borde de un barranco, no brota de mí ningún gesto o sonido. Si no me miras y me haces una señal clara, preferiré no intervenir. Así mantendremos el respeto entre los dos. Y también así podré protegerme.

Porque el objetivo de hoy no es hablarte de las cicatrices que albergo, de las ocasiones en que me respondiste con desprecio. No es a lo que voy, aunque no deje de ser un hecho. El asunto es que no tengo ya energía para exponerme a eso. Por eso, amigo, interpélame directamente, si algo quieres de mí. Si no, yo seguiré avanzando, mirando al frente y en riguroso silencio.

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Paz

Es muy sencillo y no requiere de grandes esfuerzos listar todo aquello que nos separa. Todo lo que nos diferencia y nos aleja al uno del otro.

El verdadero reto y lo realmente interesante es ir a lo que nos une. Ya sea un diez porciento de lo que somos. O un cinco. O un uno.

No importa lo poco que sea. Podemos sentarnos a la misma mesa, frente a frente, compartir una bebida y buscar esos puntos de unión. Y, tal vez durante un rato, ver en tu cara el reflejo de mi propia sonrisa.

¿Que no hay ni un sólo eje de encuentro entre los dos? En ese caso, no pasa nada. Cada quien puede seguir su camino. No hay obligaciones ni ataduras con nadie.

Pero de nada sirve emplear energía insistiendo en cuánto nos separa. Eso ya es evidente de por sí y ambos lo vemos claro.

Nada aporta alimentar la disputa y el conflicto. Ni yo soy mejor que tú, ni tú que yo. Ni tú necesitas que yo te valide, ni yo espero que tú me des la razón.

Si podemos conectar en algo, bien. Si no, sigue adelante y que te vaya bien.

A veces pareciera mentira que la paz sea una utopía. Mas lo es.

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Sobre las (mal entendidas) educación y formalidad

  • «No hace falta que seas tan formal…«
  • «Al principio te veía tan educado y tan formal que me parecías distante… luego ya me di cuenta de que no era así
  • «Eres una persona muy educada y muy formal… yo, desde luego, no soy así

Estas son algunas de las frases que me han dedicado desde que entré en el mundo laboral.

Educación. Formalidad. ¿Qué significan realmente estas palabras? Para mí, más allá de protocolos, cordialidades y buenas maneras, conllevan el tratar a los demás con el debido respeto que merecen, es decir, tan bien como me gustaría que me tratasen a mí.

Lamentablemente, en el contexto de una sociedad donde lo que tantas veces se premia, se aplaude y se promueve es una conducta que roza la tosquedad y la zafiedad, lo que para mí son cualidades no siempre es percibido como tal.

La formalidad suele asociarse con la rigidez; el aburrimiento; lo ‘rancio’. Por su parte, los buenos modales tienen normalmente dos lecturas posibles: o eres un hipócrita que persigue un interés ulterior o eres bueno, amable y, por tanto, débil.

La (pésima) interpretación sociocultural de estos conceptos le hace a uno plantearse que las verdes y ‘salvajes’ junglas de la naturaleza tienen mucha más ética y más estética que aquellas de asfalto que hemos construido las personas.

Sea en un contexto laboral o no, considero imprescindible otorgar a los demás, ante todo, una dignidad y una deferencia. Al menos, una pizca. Si mi trato no es correspondido, al final el problema es del otro, no mío.

No encuentro que sea algo difícil de hacer. Además, una actitud así refuerza en uno la condición de ser humano; algo no poco importante en un momento en que, por cierto, el sentimiento de humanidad pareciera escurrirse por el sumidero.

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