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La incomunicación y la ‘muerte’ de las relaciones

Toda relación puede romperse, ya sea con una pareja, una amistad o incluso un familiar. Y la comunicación, por supuesto, tiene mucho que ver en el devenir del vínculo entre dos personas. Me gustaría exponer, a partir de un ejemplo extraído de mi vida privada, algunas razones que llevan a que las relaciones se tensen y, al final, acaben rompiéndose.

Durante mi adolescencia hubo un miembro de mi familia que se metía conmigo. Su intención no era mala, pero sus bromas y gestos no eran de mi agrado. De hecho, hacían que me sintiese mal. Sin embargo, en aquellos años no sabía cómo defenderme ante aquello o cómo decirle a dicha persona que dejase de hacer lo que estaba haciendo, puesto que me hacía daño. Transcurrido un tiempo, estudiando ya en la universidad, un buen día me atreví a llamarla, para decirle cómo me sentía. «No voy a permitir que me sigas tratando de esta forma«, recuerdo que le dije. Por su parte, esa persona reaccionó con sorpresa: «Nunca fue mi intención que te sintieses así. Nada más lejos de mi mente«, me contestó, entre otras cosas. Aquélla se podría decir que fue la última vez que conversamos. Aunque nos volvimos a ver un par de veces, nunca volvimos a reunirnos ni a hablar como tal y, a día de hoy, hemos perdido totalmente el contacto.

Habiéndolo analizado, con la perspectiva y la serenidad que el tiempo otorga, he logrado extraer las siguientes ideas:

=> Errores por mi parte

  • Las cosas hay que hablarlas lo antes posible, puesto que, si no, pierden actualidad y los sentimientos que éstas acarrean se enquistan. Es normal que, a veces, a la primera de cambio uno se quede sin saber cómo reaccionar ante algo o alguien, pero conviene no dejar pasar mucho tiempo antes de responder.
  • Posiblemente, si hubiese abordado la situación con aquella persona desde el principio, mis sentimientos de incomodidad no hubieran ‘escalado’ tanto. En otras palabras, al haber permitido un efecto ‘bola de nieve’, quizás acabé haciendo ‘una montaña’ de algo que no era más que ‘un grano de arena’.

=> Errores por la otra parte

  • Todos nos equivocamos, incluso cuando creemos que hacemos lo correcto. Podemos equivocarnos en el fondo, en las formas o en todo y, en realidad, es normal. Ser humano conlleva equivocarse constantemente. La diferencia la marca la capacidad de reconocerlo, aunque duela, y la voluntad de aprender de ello. En mi opinión, aquella persona no supo reconocer que, aunque su intención nunca fue herirme, lo hizo; no supo, por tanto, poner en valor aquello que yo le estaba compartiendo, que no era otra cosa que mis sentimientos, y no aprendió a relacionarse conmigo de otra manera, con la que los dos nos sintiésemos a gusto.
  • El silencio, la incomunicación y la distancia, dependiendo del caso, pueden sanar, calmar ánimos, dotar de perspectiva o, por el contrario, agravar una situación. Aquí lo que hicieron fue disolver un vínculo. La persona no sólo fue incapaz de plantearse que quizás se había equivocado conmigo, aun sin quererlo, sino que su forma de responder a mi mensaje fue la de alejarse de mí. Cada uno es como es y, evidentemente, la realidad es compleja. Es decir, esa persona tendría sus motivos legítimos para reaccionar como lo hizo. Sin embargo, el resultado fue, por desgracia, el final de nuestra relación.

Llegados a este punto, cualquiera podría preguntarme: «Si aquella persona te importaba, ¿por qué no intentaste hablar con ella, confrontarla con respecto a su distanciamiento e intentar recuperar la relación?«. Tal vez haya quien considere que mi respuesta sea fruto del orgullo o de la soberbia y no niego que sea así. No obstante, considero que las relaciones, sean del tipo que sean, son bilaterales. De mi lado, recabé coraje y cumplí con mi objetivo de comunicarle a dicha persona mis sentimientos y opiniones. Es decir, ‘la pelota’ pasó a estar ‘en su tejado’. Por aquel entonces, mi forma de interpretar la reacción de aquella persona fue que ésta no tenía un verdadero interés en arreglar las cosas conmigo; de lo contrario, hubiese hecho más por su parte. Fuese realmente así o no, la incomunicación alimentada por ambos terminó aniquilando aquello que nos unía.

A modo de conclusión, ¿con qué me quedo? Es muy simple: comuniquémonos y hagámoslo a tiempo, sin miedo. No nos guardemos las cosas. Lo que hay entre dos personas es puramente bilateral, sí, pero que no pese sobre uno el haber perdido la ocasión de hacerlo y que ello haya contribuido a la muerte de una relación.

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Emisor y receptor: nivelando posiciones

Desconozco si, en el curso del día a día, alguien se haya parado alguna vez a pensar que, para que la comunicación entre dos personas pueda funcionar, éstas deberían situarse a la misma altura. Es decir, ninguna de las dos debería sentirse en superioridad o en inferioridad con respecto a la otra. Esta idea podría en principio parecer tonta, pero no lo es. Voy a intentar ilustrarla por medio de un ejemplo:

=> Situación

Imaginemos que se produce un malentendido, el cual entraña un malestar entre dos individuos. Uno de ellos, en vista del problema acaecido, se expresa así:

«Discúlpame. La verdad es que me he equivocado y lo reconozco; me hubiera gustado haber actuado de otra forma, para no haber llegado a este punto. Sin embargo, aunque no puedo volver atrás, lamento sinceramente lo ocurrido»

=> Escenario ideal de respuesta

En mi opinión, de cara a la resolución del asunto, la otra persona podría replicar de la siguiente manera:

«Discúlpame tú también a mí, porque tal vez incluso inconscientemente pude haber contribuído a crear o a alimentar esta situación indeseada. Como bien dices, no podemos ya volver atrás, pero podemos aprender de los acontecimientos. Así, por lo menos, aunque como seres humanos nos seguiremos equivocando, procuraremos no tropezar con la misma piedra»

Esta hipotética respuesta, aparte de hacer uso de la asertividad, contribuye a que las dos personas se situen al mismo nivel. Es decir, no se asumen roles de víctima/agresor ni se da pie a que nadie se sienta mejor que nadie. Por el contrario, ambos individuos pueden reflejarse el uno en el otro y pueden ayudarse mutuamente a aprender y a crecer. El problema es que este escenario no se da casi nunca en la práctica.

En primer lugar, como ya he apuntado en otros artículos anteriores, es tremendamente sencillo caer en la dinámica de víctima versus agresor o en la de yo-tengo-razón versus eres-tú-quien-está-equivocado. Además, existe un rasgo propio de la naturaleza humana que torpedea nuestra relación con nosotros mismos y con el entorno: la soberbia. Debido a ella muchas veces no vemos que, aunque el otro haya cometido errores, quizás nosotros también, aun sin ser conscientes de ello.

Cada ser humano, en su propia lucha por sobrevivir, se aferra ‘con uñas y dientes’ a sí mismo; a su forma de entender la realidad. Esto, no obstante, convella el riesgo de creer que la verdad de uno es ‘la absoluta’ y que todos los demás tienen que transigir. Es común en el curso de una conversación, por ejemplo, que si no gestionamos con habilidad las diferencias de parecer sobre algún tema ‘sensible’ para alguno de los interlocutores, éstas acarreen disgustos innecesarios.

Asimismo, uno tiende a olvidarse de su propia imperfección. Nadie vino al mundo con la lección aprendida. Indudablemente todos tenemos defectos y todos ‘metemos la pata’. Es cierto que en toda relación sana tiene que haber límites, pero también considero no sólo sano, sino también loable que, antes de alcanzar dichos límites, uno pueda tender la mano al otro, haciéndolo sentir tan humano como uno, sin ‘demonizar’ ni ‘meter el dedo en la llaga’.

En la gestión de conflictos, el proceso de comunicación interpersonal quizás se vuelva más difícil, pero desde luego también se convierte en la llave de la solución. Y, sobre su complejidad, traigo a colación un bonito símil que alguien me compartió en una oportunidad: navegar en medio de una tormeta nunca es algo agradable ni que esté excento de miedos, pero los mejores navegantes son justamente aquellos que se curten echándose a la mar.

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La empatía: fracaso o éxito de la comunicación interpersonal

Todos en algún momento habremos leído, escuchado, escrito o pronunciado, tal vez con otras palabras, algunas de las siguientes frases:

  • No hay dos vidas iguales.
  • El cuchillo con el que me ‘tallo’ a mí mismo posiblemente no sirva para ‘cortar’ a nadie más.
  • Cada persona está inmersa en su propio viaje o experiencia de vida; en su aprendizaje particular y en la lucha por salir adelante.

Estas ideas son tremendamente fáciles de plasmar por escrito o de expresar en voz alta, como un loro que repite lo que oye. Eso sí, qué complicado es en verdad comprender lo que significan y, sobre todo, aplicarlas en la cotidianidad. Veamos: ¿Cuánto tiempo empleamos señalando a los demás, sin plantearnos que tal vez lo que tan claramente criticamos en el otro es exactamente lo que reconocemos en nosotros mismos? ¿Cuánta energía invertimos en mirar hacia afuera, en lugar de revisarnos por dentro? ¿Por qué pretendemos tan a menudo que todos estén de acuerdo con nuestras ideas y nos enfadamos si nos llevan la contraria? ¿Por qué tiende uno a creer que su verdad es universal y absoluta? En principio, podría parecer que estas preguntas poco tienen que ver con la comunicación. Sin embargo, influyen de forma peligrosa.

Uno de los pilares de la comunicación interpersonal sana es de hecho el respeto. Por ejemplo: si no me doy cuenta de que soy capaz de detectar la soberbia en otro ser humano, debido a que tal soberbia también habita en mí, quizás cometeré el error de creer que no estoy en igualdad de condiciones con esa persona. Incluso podría creerme ‘mejor’ que ella. Y, de ocurrir, correría el riesgo de emitir un mensaje desde una posición de ‘superioridad moral’ o de falsa condescendencia. Otra casuística: si no me doy cuenta de que lo que a mí me sirve tal vez no sea de utilidad para otro, incluso estando éste en medio de una situación similar, posiblemente intente poner mi verdad por encima de la del otro. Esto no sólo es irrespetuoso, sino que posiblemente mi interlocutor lo interprete como una agresión y sienta que lo estoy hiriendo, cuando en realidad mi intención era ayudar.

Muchos han compartido reflexiones sobre la empatía. Para mí, se trata casi de un poder mágico; de una ardua disciplina que conviene trabajar cada día, si se quiere asimilar una serie de ideas que pueden marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso en comunicación:

  • No soy mejor ni peor que nadie.
  • No puedo compararme con nadie ni nadie puede compararse conmigo, puesto que cada vida es diferente.
  • Lo que a mí me funciona no tiene por qué funcionarle a otro, y viceversa.
  • ¿Lo que observo en el otro, que me molesta o que rechazo, es acaso algo que tengo también en mí? ¿Será ése tal vez el origen del malestar?
  • Aunque a veces no entienda por qué el otro hace lo que hace, sé que todo acto responde a unos motivos.
  • En caso de que me afecten o me ‘salpiquen’ las consecuencias colaterales de la decisión de otra persona, el primer paso que dar consistirá en comprender las razones de lo ocurrido, no reaccionar de forma agresiva o destructiva.

Sobre todo esto, como he comentado antes, resulta muy fácil hablar, pero es difícil ponerlo en práctica. No obstante, como ocurre con tantas otras cosas, sospecho que se trata de una carrera de fondo, más que de velocidad. Además, ¿qué pasa si me equivoco o si se me olvida? Nada: al final uno es humano. Lo importante es aprender. Como se suele decir: «ensayo y error«.

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