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Patrimonio

Me he sentado a una mesa bajo el atardecer, con mis mejores galas, en un jardín hermoso y casi secreto, donde alguien me servía una copa de vino y algo de comer. He cruzado fronteras, para disfrutar de la exótica belleza de lo ajeno, apreciar la musicalidad de lenguas distintas a la mía y, desde la comodidad del turista, contemplar el trajín de los demás en su día a día. Hay quien tiene a su nombre sendas propiedades. Castillos en la campiña, como si los hubiera descrito la pluma de Jane Austen; vehículos que los ingenieros de antaño no llegaron ni a soñar; la entrada VIP a todas las fiestas, casi como bailes en la corte de los Romanov. Pero admito que la fragancia a lavanda sobre mi piel a veces me resulta innecesaria. Y hubiese salido corriendo de aquel jardín del Edén, dejando la copa de vino intacta. Me despojaría de la ropa, tan distinguida, y dejaría las gemas que me adornan de vuelta en el suelo al que pertenecen de verdad. Pues, ¿de qué me podría servir todo aquello, si no tuviera lo más valioso?

Mi patrimonio es el abrazo de quien me dio la vida; el momento de conexión espontánea con un amigo; los recuerdos de quiénes ya no están y espero reencontrar algún día. La paz interior que siento de noche, cuando apoyo la cabeza sobre la almohada. Si eso me faltara, aun en primera fila ante el paisaje más sublime del mundo, lo único que acaso contemplaría sería mi flagrante pobreza. No sería yo más que un adinerado, ostentoso y perfumado cadáver andante; no más que una mera apariencia sin esencia.

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¿Qué necesito yo?

Sostiene el mito que en estas fechas, muchos siglos atrás, vino al mundo un Rey. Tal vez, en el plano espiritual, todos los ángeles y demás seres etéreos hiciesen acto de presencia ante un acontecimiento de tal magnitud, pero en términos materiales, la joven madre no dio a luz sino en compañía del hombre que asumiría la paternidad y de unos pocos animales. En el marco de esa inmensa minoría, el niño fue recibido por la clandestinidad de la noche, por la pobreza de la paja y del polvo y por una callada aunque fortísima esperanza. Dos milenios después, el mensaje de amor, dignidad, paz y unión que aquel niño compartiría durante su breve existencia nos sigue emocionando a algunos. De hecho, hoy, frente a tanta opulencia, frente a la inmensa y descarada desigualdad que observo ahí fuera y que por momentos abofetea, pienso en él. Y me pregunto: ¿Qué necesito yo?

¿Qué necesito yo, cuando ese Rey nació en la nada, pero aun hoy nos sigue llenando con tanto? ¿Si su madre, no teniendo nada, tuvo todo el amor del universo para darle? ¿Si la Divinidad, decidida a llegar hasta nosotros, sus hijos, desde una encarnación humana, no eligió sino la cuna más humilde de todas?

Me lo cuestiono y comprendo que no requiero sino mis necesidades básicas cubiertas, mi salud, mi ilusión por vivir y, sobre todo, el amor de mi gente, que es el mayor tesoro que jamás existirá y que nunca podría ser igualado por nada que el Hombre pudiera crear en este plano material.

Feliz Navidad y mis mejores deseos para el 2024 a tod@s.

Zrsg90