- «No hace falta que seas tan formal…«
- «Al principio te veía tan educado y tan formal que me parecías distante… luego ya me di cuenta de que no era así.»
- «Eres una persona muy educada y muy formal… yo, desde luego, no soy así.»
Estas son algunas de las frases que me han dedicado desde que entré en el mundo laboral.
Educación. Formalidad. ¿Qué significan realmente estas palabras? Para mí, más allá de protocolos, cordialidades y buenas maneras, conllevan el tratar a los demás con el debido respeto que merecen, es decir, tan bien como me gustaría que me tratasen a mí.
Lamentablemente, en el contexto de una sociedad donde lo que tantas veces se premia, se aplaude y se promueve es una conducta que roza la tosquedad y la zafiedad, lo que para mí son cualidades no siempre es percibido como tal.
La formalidad suele asociarse con la rigidez; el aburrimiento; lo ‘rancio’. Por su parte, los buenos modales tienen normalmente dos lecturas posibles: o eres un hipócrita que persigue un interés ulterior o eres bueno, amable y, por tanto, débil.
La (pésima) interpretación sociocultural de estos conceptos le hace a uno plantearse que las verdes y ‘salvajes’ junglas de la naturaleza tienen mucha más ética y más estética que aquellas de asfalto que hemos construido las personas.
Sea en un contexto laboral o no, considero imprescindible otorgar a los demás, ante todo, una dignidad y una deferencia. Al menos, una pizca. Si mi trato no es correspondido, al final el problema es del otro, no mío.
No encuentro que sea algo difícil de hacer. Además, una actitud así refuerza en uno la condición de ser humano; algo no poco importante en un momento en que, por cierto, el sentimiento de humanidad pareciera escurrirse por el sumidero.
Zrsg90
