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Apocalipsis

I

Como si de aquel cuento de Bradbury se tratase, todos sabíamos que ése sería el último día. Estaba claro y lo teníamos interiorizado ya.

  • He madrugado, pero ya no tengo que ir a trabajar -pensé según apagaba la alarma del despertador de mi teléfono móvil.

Lély ya estaba en la cocina. Tomamos un café, sin apenas cruzar palabra. Ninguno de los dos sentía la necesidad de comentar nada de particular.

  • Si quieres, cuando caiga la noche, podemos ir al parque que te gusta -dijo al fin Lély, mirándome- podemos pasar por el supermercado, coger algo de comer, ir allí… y esperar.
  • Bueno… -contesté- habrá que ver si todavía queda algo en el supermercado.

Intentamos esbozar una sonrisa. A decir verdad, aun estando ambos tranquilos, teníamos un poco de miedo.

II

Muchas personas ya habían dejado la ciudad. De hecho, aunque se habían acometido algunos actos de vandalismo en tiendas del centro, las calles estaban mayoritariamente desiertas. Llegamos al supermercado a eso de las 19h y, como había imaginado, en muchos pasillos se notaba la escasez. No obstante, pudimos meter en una bolsa una tarrina de helado, cubiertos de plástico, patatas fritas y refrescos. Cuando estábamos a punto de salir, me di cuenta de que Lély se había parado en seco.

  • Nene, eso es robar…
  • No hay cajeros. No hay nadie. Ya ves que los demás entran, pillan lo que sea que necesiten y se largan -argumenté. Lély, entonces, sacó un billete de 10 euros de su cartera y lo dejó sobre la cinta de una de las cajas.
  • Recuerda lo que nos decía mamá siempre -dijo, sin levantar la mirada, con la voz entrecortada- somos pobres, pero tenemos dignidad.

La abracé y le di dos besos. Dejamos escapar algunas lágrimas y emprendimos la marcha.

III

En la soledad de aquella colina, mi favorita del parque, los colores del ocaso parecían, si cabe, más espectaculares que nunca. Sentados en una toalla que habíamos extendido sobre el césped, improvisamos un picnic. Madrid, en el horizonte, se veía preciosa. Al no haber red ni comunicaciones disponibles, no pudimos contactar con nuestros familiares en Barcelona. Coloqué junto a nosotros algunas fotos que me había llevado de casa y, al mirarlas, el corazón me dio un vuelco.

  • No te preocupes -le dije a Lély, intentando mantener la compostura- nos reencontraremos todos en el más allá… estoy seguro.

Bajo las pocas estrellas que salieron a hacernos compañía, contemplamos desde nuestro privilegiado palco cómo los rascacielos de Chamartín por fin empezaban a caer. El panorama se derretía, como si fuera mantequilla. Y, aún así, pese a la destrucción, reinaba la paz. La ciudad había decidido no resistirse a su destino.

  • Me alegro de estar aquí, contigo -Lély y yo nos miramos en silencio. La emoción nos invadió. Mientras llorábamos, nos fundimos en un abrazo.
  • ¡Te amo! -exclamamos, finalmente, con una sola, y ya eterna, voz.

Zrsg90

Desprecio

El karma existe: se escondía tras las últimas palabras que me dedicaste. Pagué la factura, pues no tuve otra opción, pero siempre estaré hipotecado con el recuerdo de esa tristeza. Del fracaso.

No es en sí por las cosas que me dijiste, sino por lo que tengo que haberte hecho sentir, como para que te hayas expresado así. Es un pecado, como una cicatriz en mi corazón.

Y ahora sé cómo es que a alguien le importes tanto como un objeto; tanto como la nada. Incluso, menos. Lo que es que alguien te vea como un medio para un fin… y fin.

¿De verdad que fue así como te traté yo a ti? ¿Tan grande fue el daño que te infligí? ¿Tan inconscientemente cruel fui?

Ante una última oportunidad, tu negativa. Tu desprecio. Es normal: no hay esperanza para aquellos que son desterrados al infierno.

Tal vez sea tu venganza. O, quizás, una última e involuntaria lección para mí: aprender a vivir con algo que jamás podré expiar. Porque ya sabes que, para mí, así será.

Cuánto lo siento, mas no por mí. Si tanto lo lamento es por haber llegado a sacar todo esto de ti.

Zrsg90

Matemáticas

I

Con diecisiete años, algunos de mis compañeros de clase en el instituto freían sus cerebros a base de fumar porros cada día. Otros empezaban a salir de fiesta e incluso iban perdiendo la virginidad. Unos pocos se centraban en sacar buenas notas, para superar la Selectividad y poder elegir la carrera de sus sueños. Mis intenciones, no obstante, eran muy distintas. A mis diecisiete años, las ecuaciones y coordenadas de la Geometría Analítica me importaban un verdadero carajo. Y mucho menos interés sentía por todo lo demás. Sin embargo, algo hizo que, para mí, estudiar se convirtiese en un medio para lograr un fin muy concreto; un mero, aunque altamente tedioso y pesado, trámite.

Se llamaba D. Estatura media, delgado y de pelo castaño, corto; barba de pocos días; cuarenta y algo de edad. Nunca nada había excitado tanto mis sentidos como aquel primer día en que lo vi; como cuando su voz grave y severa resonó en mis oídos y, al pasar junto a mi pupitre, su olor me envolvió. Nunca antes había sentido algo ni remotamente parecido. Fue entonces cuando el estudiante mediocre que era yo dio un giro de ciento ochenta grados, haciendo que todo el mundo se sorprendiese. Ni las reprimendas de mis padres durante años habían logrado moverme ni un milímetro fuera de mi vagancia habitual. Pero tal fue el efecto de D. en mí. Hondo. Violento.

¿Y por qué? Porque al poco de conocerlo me percaté de lo estricto que era; de que sólo respetaba medianamente a aquellos que demostraban algo de talento. Por eso decidí dejar de ser uno más entre los patitos feos, para convertirme en cisne y desplegar unas brillantes alas blancas ante sus ojos. Con diecisiete años, insisto, nada podía resultarme más aburrido que la clase de Matemáticas. Pero, en mi mente, mi plan era infalible: sacar las mejores notas, para que D. se fijase en mí. Para seducirlo. Enamorarlo desde la intelectualidad. Ser suyo al fin. Entregarme por completo a aquella aspereza suya que alimentaba mi deseo y diluir mi virtud en la despiadada acidez de su ser.

Mientras humillaba a los imbéciles de mis compañeros con sus comentarios irónicos e hirientes, yo disfrutaba imaginándome a cuatro patas sobre su mesa, siendo azotado por él con una regla. Lamentablemente, todos mis arduos intentos de ‘ligármelo’ resultaron infructuosos. Por ello, habiendo terminado el curso y con los resultados de la Selectividad en mano, incluyendo una Matrícula de Honor en Matemáticas, acudí una mañana al instituto, para declararme. Ya en su despacho, le confesé mis sentimientos y la estrategia que había urdido para conquistarle. Y fue con el desdén de un intento de sonrisa que D. me dedicó unas palabras que jamás desvelaré. Sólo diré que después me pasé una semana entera llorando. Me dolía tanto el corazón que creí que iba a morir.

II

Casi diecisiete años después, aún pienso en él. Aunque nunca me importaron y, de hecho, siguen sin importarme lo más mínimo, estudié Matemáticas en la Universidad. Al final, es sólo entre números, segmentos, abstracciones y curvas donde descubro una erótica que recorre mi cuerpo. Se trata de un eco: del eterno y omnipresente recuerdo de D. Confieso que tantas veces he buscado materializarlo… me he acostado con tantos colegas matemáticos, tanto dentro como fuera del mundo académico, tratando en vano de emular esa sensación…

Pero a estas alturas tengo ya más que asumido que mil clavos cualesquiera jamás podrán sacar ‘ese’ otro clavo tan especial. Sólo en la complejidad de los teoremas que articulan mis anhelos seguiré reencontrando la resonancia de su voz, lo penetrante de su olor, aquella cruda impiedad que lo caracterizaba. Y, por desgracia, también será sólo ahí donde volveré a encontrarme a mí, todavía adolescente, a cuatro patas sobre su mesa, ansioso por que me azote con su regla, mientras me dedica algún comentario de los suyos, tan corrosivos.

D. a diferencia de aquellos otros estúpidos de clase que se ponían a llorar, yo siempre sonreí. Y siempre sonreiré para ti, mi amor.

Zrsg90