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Oz

¿En qué momento empecé a comportarme como un objeto? ¿Y cuándo, exactamente, a tratarte a ti como tal? Cada uno de nosotros con una finalidad y ambos, de usar y tirar. Sin mayor porvenir que una activación puntual… y ya. ¿Cuándo perdí mi humanidad? Tal vez fue cuando tu piel se volvió de plástico ante mis ojos; cuando pasamos a ser un mero espejismo; asumiendo roles ficticios; jugando a imitar la realidad. ¿Cuándo extraviamos tú y yo los cerebros, las vísceras, los espíritus… hasta quedarnos así de vacíos?

Ahora, pues, como si estuviese en Oz, para reencontrar lo que una vez me hizo humano y dejé caer, tendré que ir rebuscando entre baldosas amarillas.

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Sobre las (mal entendidas) educación y formalidad

  • «No hace falta que seas tan formal…«
  • «Al principio te veía tan educado y tan formal que me parecías distante… luego ya me di cuenta de que no era así
  • «Eres una persona muy educada y muy formal… yo, desde luego, no soy así

Estas son algunas de las frases que me han dedicado desde que entré en el mundo laboral.

Educación. Formalidad. ¿Qué significan realmente estas palabras? Para mí, más allá de protocolos, cordialidades y buenas maneras, conllevan el tratar a los demás con el debido respeto que merecen, es decir, tan bien como me gustaría que me tratasen a mí.

Lamentablemente, en el contexto de una sociedad donde lo que tantas veces se premia, se aplaude y se promueve es una conducta que roza la tosquedad y la zafiedad, lo que para mí son cualidades no siempre es percibido como tal.

La formalidad suele asociarse con la rigidez; el aburrimiento; lo ‘rancio’. Por su parte, los buenos modales tienen normalmente dos lecturas posibles: o eres un hipócrita que persigue un interés ulterior o eres bueno, amable y, por tanto, débil.

La (pésima) interpretación sociocultural de estos conceptos le hace a uno plantearse que las verdes y ‘salvajes’ junglas de la naturaleza tienen mucha más ética y más estética que aquellas de asfalto que hemos construido las personas.

Sea en un contexto laboral o no, considero imprescindible otorgar a los demás, ante todo, una dignidad y una deferencia. Al menos, una pizca. Si mi trato no es correspondido, al final el problema es del otro, no mío.

No encuentro que sea algo difícil de hacer. Además, una actitud así refuerza en uno la condición de ser humano; algo no poco importante en un momento en que, por cierto, el sentimiento de humanidad pareciera escurrirse por el sumidero.

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Emisor y receptor: nivelando posiciones

Desconozco si, en el curso del día a día, alguien se haya parado alguna vez a pensar que, para que la comunicación entre dos personas pueda funcionar, éstas deberían situarse a la misma altura. Es decir, ninguna de las dos debería sentirse en superioridad o en inferioridad con respecto a la otra. Esta idea podría en principio parecer tonta, pero no lo es. Voy a intentar ilustrarla por medio de un ejemplo:

=> Situación

Imaginemos que se produce un malentendido, el cual entraña un malestar entre dos individuos. Uno de ellos, en vista del problema acaecido, se expresa así:

«Discúlpame. La verdad es que me he equivocado y lo reconozco; me hubiera gustado haber actuado de otra forma, para no haber llegado a este punto. Sin embargo, aunque no puedo volver atrás, lamento sinceramente lo ocurrido»

=> Escenario ideal de respuesta

En mi opinión, de cara a la resolución del asunto, la otra persona podría replicar de la siguiente manera:

«Discúlpame tú también a mí, porque tal vez incluso inconscientemente pude haber contribuído a crear o a alimentar esta situación indeseada. Como bien dices, no podemos ya volver atrás, pero podemos aprender de los acontecimientos. Así, por lo menos, aunque como seres humanos nos seguiremos equivocando, procuraremos no tropezar con la misma piedra»

Esta hipotética respuesta, aparte de hacer uso de la asertividad, contribuye a que las dos personas se situen al mismo nivel. Es decir, no se asumen roles de víctima/agresor ni se da pie a que nadie se sienta mejor que nadie. Por el contrario, ambos individuos pueden reflejarse el uno en el otro y pueden ayudarse mutuamente a aprender y a crecer. El problema es que este escenario no se da casi nunca en la práctica.

En primer lugar, como ya he apuntado en otros artículos anteriores, es tremendamente sencillo caer en la dinámica de víctima versus agresor o en la de yo-tengo-razón versus eres-tú-quien-está-equivocado. Además, existe un rasgo propio de la naturaleza humana que torpedea nuestra relación con nosotros mismos y con el entorno: la soberbia. Debido a ella muchas veces no vemos que, aunque el otro haya cometido errores, quizás nosotros también, aun sin ser conscientes de ello.

Cada ser humano, en su propia lucha por sobrevivir, se aferra ‘con uñas y dientes’ a sí mismo; a su forma de entender la realidad. Esto, no obstante, convella el riesgo de creer que la verdad de uno es ‘la absoluta’ y que todos los demás tienen que transigir. Es común en el curso de una conversación, por ejemplo, que si no gestionamos con habilidad las diferencias de parecer sobre algún tema ‘sensible’ para alguno de los interlocutores, éstas acarreen disgustos innecesarios.

Asimismo, uno tiende a olvidarse de su propia imperfección. Nadie vino al mundo con la lección aprendida. Indudablemente todos tenemos defectos y todos ‘metemos la pata’. Es cierto que en toda relación sana tiene que haber límites, pero también considero no sólo sano, sino también loable que, antes de alcanzar dichos límites, uno pueda tender la mano al otro, haciéndolo sentir tan humano como uno, sin ‘demonizar’ ni ‘meter el dedo en la llaga’.

En la gestión de conflictos, el proceso de comunicación interpersonal quizás se vuelva más difícil, pero desde luego también se convierte en la llave de la solución. Y, sobre su complejidad, traigo a colación un bonito símil que alguien me compartió en una oportunidad: navegar en medio de una tormeta nunca es algo agradable ni que esté excento de miedos, pero los mejores navegantes son justamente aquellos que se curten echándose a la mar.

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