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Interpélame

De buenas intenciones se edificó el infierno, dicen. Así pues, admito la mala costumbre que he tenido tantas veces de decirte lo que pienso, sin que tú antes me lo hubieses preguntado. Aun con la mejor voluntad, reconozco que me precipité, dejando que fluyese la corriente de palabras a través de mi boca. Y, algunas de esas veces, tu reacción fue violenta. Lo comprendo: es incómodo que te enseñen lo que no quieres ver o que te digan lo que no te apetece escuchar. A todos nos pasa, supongo.

Hoy vengo entonces a comunicarte que, a partir de ahora, esperaré a que me llames por mi nombre y apellidos, directamente, si esperas algo de mí; ya sea un punto de vista u opinión. Y tendrás que disculparme si, aunque note que caminas al borde de un barranco, no brota de mí ningún gesto o sonido. Si no me miras y me haces una señal clara, preferiré no intervenir. Así mantendremos el respeto entre los dos. Y también así podré protegerme.

Porque el objetivo de hoy no es hablarte de las cicatrices que albergo, de las ocasiones en que me respondiste con desprecio. No es a lo que voy, aunque no deje de ser un hecho. El asunto es que no tengo ya energía para exponerme a eso. Por eso, amigo, interpélame directamente, si algo quieres de mí. Si no, yo seguiré avanzando, mirando al frente y en riguroso silencio.

Zrsg90

Inquietudes de café

«¿Qué es, de verdad, la tranquilidad?«. Esto me lo pregunto mientras tomo un café un sábado por la mañana y siento que la Tierra rota; que los astros se desplazan; que los destinos no se hacen de rogar. El movimiento incesante de todas las cosas.

¿Qué es, en realidad, el silencio, si todo resuena y vibra en mi espíritu? Siento la inquietud de que, por mucho que todo se ralentizase, de cualquier modo, más tarde o más temprano acabaría dándole la vuelta a la esquina, para toparme con lo que sé que ahí me aguarda.

Esta mañana de sábado, como otra cualquiera, le doy un sorbo al café y noto el pequeño y constante regusto de la angustia.

Zrsg90

R.M.

Hay noches que se me hacen largas y pesadas, sobre todo aquellas en las que recibo la visita de demonios. Algunos de ellos, de hecho, llevan tu rostro.

Uno se llama culpa; otro, la duda de qué pudo haber sido. Qué pudo haber sido, si yo no hubiese demolido el puente que me llevaba a ti; si no te hubiese obligado a protegerte de mí, cerrando a cal y canto tu puerta. Confieso que, aun sabiendo que ya nunca se abrirá para mí, a veces paseo por el umbral, intentando escuchar, al menos, tus pasos tras ella.

Tú fuiste un yoyó en mis manos, lo sé, pero la cuerda se rompió. Y qué bien por ti, que pudiste al final alejarte de quien con tu corazón fue despiadado.

En esas noches tediosas de las que te hablo, le digo a los demonios que se parecen a ti que ojalá seas feliz. Que ojalá en tu camino te espere alguien que sí sepa valorarte y apreciarte. Y que ojalá, si no es posible que de mí sólo te quedes con lo bueno, tu mente me diluya poco a poco de tus recuerdos.

En la oscuridad y el silencio, frente a todas las cosas que llevo dentro, deseo poder aceptar mis errores alguna vez, perdonarme, avanzar y poder ser feliz. Incluso aunque ello implique serlo sin ti.

Zrsg90

Noviembre, 2023