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Desprecio

El karma existe: se escondía tras las últimas palabras que me dedicaste. Pagué la factura, pues no tuve otra opción, pero siempre estaré hipotecado con el recuerdo de esa tristeza. Del fracaso.

No es en sí por las cosas que me dijiste, sino por lo que tengo que haberte hecho sentir, como para que te hayas expresado así. Es un pecado, como una cicatriz en mi corazón.

Y ahora sé cómo es que a alguien le importes tanto como un objeto; tanto como la nada. Incluso, menos. Lo que es que alguien te vea como un medio para un fin… y fin.

¿De verdad que fue así como te traté yo a ti? ¿Tan grande fue el daño que te infligí? ¿Tan inconscientemente cruel fui?

Ante una última oportunidad, tu negativa. Tu desprecio. Es normal: no hay esperanza para aquellos que son desterrados al infierno.

Tal vez sea tu venganza. O, quizás, una última e involuntaria lección para mí: aprender a vivir con algo que jamás podré expiar. Porque ya sabes que, para mí, así será.

Cuánto lo siento, mas no por mí. Si tanto lo lamento es por haber llegado a sacar todo esto de ti.

Zrsg90

Matemáticas

I

Con diecisiete años, algunos de mis compañeros de clase en el instituto freían sus cerebros a base de fumar porros cada día. Otros empezaban a salir de fiesta e incluso iban perdiendo la virginidad. Unos pocos se centraban en sacar buenas notas, para superar la Selectividad y poder elegir la carrera de sus sueños. Mis intenciones, no obstante, eran muy distintas. A mis diecisiete años, las ecuaciones y coordenadas de la Geometría Analítica me importaban un verdadero carajo. Y mucho menos interés sentía por todo lo demás. Sin embargo, algo hizo que, para mí, estudiar se convirtiese en un medio para lograr un fin muy concreto; un mero, aunque altamente tedioso y pesado, trámite.

Se llamaba D. Estatura media, delgado y de pelo castaño, corto; barba de pocos días; cuarenta y algo de edad. Nunca nada había excitado tanto mis sentidos como aquel primer día en que lo vi; como cuando su voz grave y severa resonó en mis oídos y, al pasar junto a mi pupitre, su olor me envolvió. Nunca antes había sentido algo ni remotamente parecido. Fue entonces cuando el estudiante mediocre que era yo dio un giro de ciento ochenta grados, haciendo que todo el mundo se sorprendiese. Ni las reprimendas de mis padres durante años habían logrado moverme ni un milímetro fuera de mi vagancia habitual. Pero tal fue el efecto de D. en mí. Hondo. Violento.

¿Y por qué? Porque al poco de conocerlo me percaté de lo estricto que era; de que sólo respetaba medianamente a aquellos que demostraban algo de talento. Por eso decidí dejar de ser uno más entre los patitos feos, para convertirme en cisne y desplegar unas brillantes alas blancas ante sus ojos. Con diecisiete años, insisto, nada podía resultarme más aburrido que la clase de Matemáticas. Pero, en mi mente, mi plan era infalible: sacar las mejores notas, para que D. se fijase en mí. Para seducirlo. Enamorarlo desde la intelectualidad. Ser suyo al fin. Entregarme por completo a aquella aspereza suya que alimentaba mi deseo y diluir mi virtud en la despiadada acidez de su ser.

Mientras humillaba a los imbéciles de mis compañeros con sus comentarios irónicos e hirientes, yo disfrutaba imaginándome a cuatro patas sobre su mesa, siendo azotado por él con una regla. Lamentablemente, todos mis arduos intentos de ‘ligármelo’ resultaron infructuosos. Por ello, habiendo terminado el curso y con los resultados de la Selectividad en mano, incluyendo una Matrícula de Honor en Matemáticas, acudí una mañana al instituto, para declararme. Ya en su despacho, le confesé mis sentimientos y la estrategia que había urdido para conquistarle. Y fue con el desdén de un intento de sonrisa que D. me dedicó unas palabras que jamás desvelaré. Sólo diré que después me pasé una semana entera llorando. Me dolía tanto el corazón que creí que iba a morir.

II

Casi diecisiete años después, aún pienso en él. Aunque nunca me importaron y, de hecho, siguen sin importarme lo más mínimo, estudié Matemáticas en la Universidad. Al final, es sólo entre números, segmentos, abstracciones y curvas donde descubro una erótica que recorre mi cuerpo. Se trata de un eco: del eterno y omnipresente recuerdo de D. Confieso que tantas veces he buscado materializarlo… me he acostado con tantos colegas matemáticos, tanto dentro como fuera del mundo académico, tratando en vano de emular esa sensación…

Pero a estas alturas tengo ya más que asumido que mil clavos cualesquiera jamás podrán sacar ‘ese’ otro clavo tan especial. Sólo en la complejidad de los teoremas que articulan mis anhelos seguiré reencontrando la resonancia de su voz, lo penetrante de su olor, aquella cruda impiedad que lo caracterizaba. Y, por desgracia, también será sólo ahí donde volveré a encontrarme a mí, todavía adolescente, a cuatro patas sobre su mesa, ansioso por que me azote con su regla, mientras me dedica algún comentario de los suyos, tan corrosivos.

D. a diferencia de aquellos otros estúpidos de clase que se ponían a llorar, yo siempre sonreí. Y siempre sonreiré para ti, mi amor.

Zrsg90

R.M.

Hay noches que se me hacen largas y pesadas, sobre todo aquellas en las que recibo la visita de demonios. Algunos de ellos, de hecho, llevan tu rostro.

Uno se llama culpa; otro, la duda de qué pudo haber sido. Qué pudo haber sido, si yo no hubiese demolido el puente que me llevaba a ti; si no te hubiese obligado a protegerte de mí, cerrando a cal y canto tu puerta. Confieso que, aun sabiendo que ya nunca se abrirá para mí, a veces paseo por el umbral, intentando escuchar, al menos, tus pasos tras ella.

Tú fuiste un yoyó en mis manos, lo sé, pero la cuerda se rompió. Y qué bien por ti, que pudiste al final alejarte de quien con tu corazón fue despiadado.

En esas noches tediosas de las que te hablo, le digo a los demonios que se parecen a ti que ojalá seas feliz. Que ojalá en tu camino te espere alguien que sí sepa valorarte y apreciarte. Y que ojalá, si no es posible que de mí sólo te quedes con lo bueno, tu mente me diluya poco a poco de tus recuerdos.

En la oscuridad y el silencio, frente a todas las cosas que llevo dentro, deseo poder aceptar mis errores alguna vez, perdonarme, avanzar y poder ser feliz. Incluso aunque ello implique serlo sin ti.

Zrsg90

Noviembre, 2023