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Confieso

Confieso que, mientras observaba tu sonrisa de niño pícaro, estuve a punto de decirte que te quería. Pero, poco antes, con mucha razón, habías comentado que la pasión es cegadora. Y, además, de pronto me di cuenta de que no todo el mundo tiene el privilegio de viajar al espacio exterior sin siquiera salir de su habitación. No todos llegan a sentirse como Bette Davis en aquel final de La Extraña Pasajera; un cigarrillo, dos miradas, la intimidad infinita y el silencio cómplice. Contigo en mis brazos, el reloj se detiene y deja de haber transiciones entre la luna y el sol. No hay principio ni fin, sólo tú y yo. Y cuando, al fin, te derramas en mí, me siento como un lienzo en blanco recibiendo el primer trazo de color de la mano de un artista.

Pero, amor, nada de eso es mi realidad. Mi cotidianidad no reluce con el brillo de tu estrella. Te irás y, habiendo comido ya, no habrá en la suciedad de mis cacharros rastro alguno de tu aroma a rosas. Ahora tus ojos me ven a través de un halo especial, pero no tardarías mucho en distinguir lo que en verdad hay detrás: otro ser humano cualquiera, sin más. Y, acaso, ¿me querrías así, porque sí? ¿Volverías a brindarme tu tiempo y tu compañía, ya superado el frenesí? ¿Aun sudado, ojeroso y fatigado, aun en el vulgar tedio del día a día, seguirías hallando belleza en mí?

Antes que procurarle respuestas innecesarias a mi corazón, opté entonces por quererte sin palabras, en aquel momento, con cada caricia y gesto. En cada beso. Y confieso que luego, cuando te marchaste, sentí una cierta tristeza al volver a aterrizar. Pero, ¿sabes? Al menos podré recordar que por unas horas alguien como tú se fijó en mí. Que, aunque fuera efímero, una vez tuve algo especial junto a ti. Que hubo un instante durante esa tarde, con tu sonrisa de niño pícaro en mis manos, en que te sentí mío.

Zrsg90

Y yo, ¿para quién escribo?

Para la tierra pisada una y otra vez por los turistas, cuando ya todo el mundo se ha ido y el recinto ha echado el cierre.

Para esas lápidas del camposanto sobre las que nadie deposita flores en el día de los muertos.

Para aquellos que se sientan solos en el purgatorio, mientras afrontan las deudas pendientes de su karma.

Para los fantasmas de la red, las hadas del bosque y los djinns del desierto.

Para esas canciones que un día bailamos y ya no recordamos.

Para los ángeles, ¿acaso me escuchan?

Para aquellos que quise y ya no están, ¿notan en el más allá la vibración de estas palabras?

Para los que quiero y aún están, ¿les llega, aunque no me lean, la oleada de mis sentimientos?

Para esa intimidad del interior de mi mente, a la que nadie tiene acceso salvo, si acaso, Dios.

Para ti, si tú quieres.

Para mí, siempre.

Zrsg90