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Divagaciones de té verde

Hoy, al calmar mi ritmo, percibo la luz que se abre paso por entre los recovecos más lúgubres. Así como un goteo de sangre que desciende, incesante, hacia las fauces abiertas de un demonio. Ambas realidades coexisten, moldeando una mente, estirándola, como probando cuánto puede contorsionarse sin romperse.

Siento la frecuencia del infierno, sintonizando la voz de una tristeza infinita, un hambre que jamás se saciará. ¿Es el ego quién está detrás? Y, sin embargo, la luz logra sortearlo, atravesar toda densidad, como un designio irrenunciable.

Me pregunto si no es uno su propio vampiro, su propio escollo, su verdugo. Si Dios y Lucifer simplemente nos observan, distantes, mientras usamos nuestra libertad, sin querer asumir responsabilidad alguna. Si venimos con un plan, ¿nos distraemos? ¿Cuánto podemos desviarnos? ¿Lo cumplimos?

Bebo mi té verde, en esta gris mañana de sábado, y me pregunto hasta qué punto, consciente o inconscientemente, nos defraudamos; nos autodestruimos poco a poco, en un largo, pero certero suicidio, sin darnos cuenta de que no somos víctimas de nadie más que de nosotros mismos.

Zrsg90

Necedad

Si alguna vez he querido perpetrar un crimen, ha sido el de robarle más tiempo al tiempo: más horas al día, más días al fin de semana, más semanas a las vacaciones, más vacaciones a la rutina de la vida.

De acometer un delito, violaría las leyes de esta realidad, para eternizar algunas de las cosas que he sentido: el amor de mi madre, la ternura de mi abuela, la compañía de mis tías, la lealtad de mis amigos.

Si pecase contra Dios, destrozaría el fruto de su creación; detendría, al fin, las desesperantes agujas del reloj. Y, así, disfrutaría de lo bueno, de los míos, para siempre.

Pero Dios se carcajea ante mis pueriles blasfemias. Y no hay castigo ni grilletes para aquello que jamás ocurrirá.

Tras su pataleta, quizás halle algo de consuelo en la esperanza este necio mortal.

Y, tal vez, también, la empatía de todos los que se hayan planteado los mismos desatinos.

Zrsg90

Y yo, ¿para quién escribo?

Para la tierra pisada una y otra vez por los turistas, cuando ya todo el mundo se ha ido y el recinto ha echado el cierre.

Para esas lápidas del camposanto sobre las que nadie deposita flores en el día de los muertos.

Para aquellos que se sientan solos en el purgatorio, mientras afrontan las deudas pendientes de su karma.

Para los fantasmas de la red, las hadas del bosque y los djinns del desierto.

Para esas canciones que un día bailamos y ya no recordamos.

Para los ángeles, ¿acaso me escuchan?

Para aquellos que quise y ya no están, ¿notan en el más allá la vibración de estas palabras?

Para los que quiero y aún están, ¿les llega, aunque no me lean, la oleada de mis sentimientos?

Para esa intimidad del interior de mi mente, a la que nadie tiene acceso salvo, si acaso, Dios.

Para ti, si tú quieres.

Para mí, siempre.

Zrsg90