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Patrimonio

Me he sentado a una mesa bajo el atardecer, con mis mejores galas, en un jardín hermoso y casi secreto, donde alguien me servía una copa de vino y algo de comer. He cruzado fronteras, para disfrutar de la exótica belleza de lo ajeno, apreciar la musicalidad de lenguas distintas a la mía y, desde la comodidad del turista, contemplar el trajín de los demás en su día a día. Hay quien tiene a su nombre sendas propiedades. Castillos en la campiña, como si los hubiera descrito la pluma de Jane Austen; vehículos que los ingenieros de antaño no llegaron ni a soñar; la entrada VIP a todas las fiestas, casi como bailes en la corte de los Romanov. Pero admito que la fragancia a lavanda sobre mi piel a veces me resulta innecesaria. Y hubiese salido corriendo de aquel jardín del Edén, dejando la copa de vino intacta. Me despojaría de la ropa, tan distinguida, y dejaría las gemas que me adornan de vuelta en el suelo al que pertenecen de verdad. Pues, ¿de qué me podría servir todo aquello, si no tuviera lo más valioso?

Mi patrimonio es el abrazo de quien me dio la vida; el momento de conexión espontánea con un amigo; los recuerdos de quiénes ya no están y espero reencontrar algún día. La paz interior que siento de noche, cuando apoyo la cabeza sobre la almohada. Si eso me faltara, aun en primera fila ante el paisaje más sublime del mundo, lo único que acaso contemplaría sería mi flagrante pobreza. No sería yo más que un adinerado, ostentoso y perfumado cadáver andante; no más que una mera apariencia sin esencia.

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Expectativas y decepciones: un poema

Cuando era adolescente solía escribir poesía con frecuencia; con el paso del tiempo, cada vez menos. Sin embargo, últimamente he pensado mucho en lo que significa vivir esperando algo de los demás: que sean de una forma u otra; que actúen de una determinada manera o no… cosas que, en definitiva, no siempre acaban ocurriendo tal y como hubiésemos deseado. Es entonces cuando surgen las decepciones. Hace poco, una persona muy cercana a mí me dijo una frase que considero llena de sabiduría: «No te decepcionan los demás; te decepcionan las expectativas que tú mismo te habías hecho sobre los demás«. Así pues, en función de estas reflexiones, he decidido expresarme en esta ocasión no mediante un artículo, sino por medio del poema que comparto a continuación:

Quiéreme hoy

Quiéreme hoy.
Quiéreme hoy como soy.
No dejes que otro día transcurra,
sin aceptarme y sin quererme así.

Tal vez no sea ya quien ayer fui
ni aún quien querrías que fuese mañana,
pero puedes tenderme la mano hoy
y quererme así, tal cual soy.

Te invito a que camines junto a mí
y a que me escuches, sin juzgarme.
Te invito a que me intentes comprender
y a que me tomes, sin intentar cambiarme.

Pero si, aún así,
sigue siendo doloroso para ti
mirarme y no hallar lo que esperas

Te invito a que me sueltes poco a poco
y a que te alejes, dando un paso tras otro,
que yo continuaré, a pesar de tu ausencia.

E.S.G.
Diciembre, 2021

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El pasado y las arenas movedizas

El pasado es como una biblioteca privada para cada uno, donde se conservan álbumes de fotos y de recortes sobre nuestras vidas; libros y diccionarios sobre nuestras memorias, experiencias y significaciones personales. Podemos dedicar largos ratos a pasear dentro de nosotros, por esos interminables corredores; sentir desde nostalgia hasta horror, durante el ejercicio de evocación; aprender algo útil, una vez que el tiempo hace su trabajo, ayudándonos a separar el grano de la paja. Sin embargo, esa proyección hacia atrás no está exenta de peligros, pues ocasionalmente el suelo de esas bibliotecas particulares puede dejar de ser firme, para volverse de arenas movedizas. Y el acto inocente de mirar atrás se torna en un bucle mental, un bloqueo emocional, del cual es difícil salir.

Si hay un ritual arduo es el de mirarse al espejo. No para lavarse la cara, por la mañana, ni para maquillarse antes de salir, sino para reconocerse a uno mismo por lo que ha sido y lo que es a día de hoy. Desconectar el piloto automático, abandonar toda distracción y prestar verdadera atención a esa imagen que nos devuelve la superficie reflectante, observando más allá de la piel. Si hay algo doloroso es sincerarse con uno mismo, dándose cuenta de que uno no es lo que se ha hecho creer; que uno no es el ‘bueno’ de la historia; que uno también se ha equivocado, más o menos conscientemente, y que también ha hecho daño y se ha portado mal con otros; que las ideas o conceptos que se veneraba como dogmas, en realidad son estructuras de barro que cualquier llovizna puede deshacer.

Entonces, desde el malestar de la verdad, uno recorre una vez más los pasillos de sus recuerdos, dándose permiso de ver lo que antes no quería o no podía. Pero es justo ahí, durante ese viaje, cuando más acecha el peligro de no poder regresar; de quedarse atrapado en el pasado. Los días pueden sucederse uno tras otro y uno quizás siga abriendo los ojos cada mañana. No obstante, no se está donde se tiene que estar, que es en el momento presente. En el fondo, uno está suspendido en una dimensión remota. Y lo peor es que a veces no se da uno cuenta de que la arena movediza ya la llega al cuello y que, si se hunde del todo, dejará de respirar… y de vivir.

Si algo recuerdo con cariño de El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, es el ansia de su protagonista por volver atrás. Yo también lo he sentido y no sé cuántas veces habría deseado retroceder, para cambiar lo que en su momento decidí que fuese mi destino. Pero, sencillamente, es imposible. No podemos viajar en el tiempo, pero sí analizar, comprender y aceptar aquello que nos duele. E incluso perdonarnos y permitirnos seguir adelante, buscando lo que para nosotros sea la felicidad. Ésa es la cuerda a la que aferrarnos para escapar de las arenas movedizas: la capacidad de comprendernos, perdonarnos y querernos; de recordar que cada nuevo día no es sino una oportunidad para estar en el presente y aplicar precisamente aquello que se haya podido aprender del pasado.

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