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¿Qué hace a un buen jefe?: Reflexión personal

Le dedico estas palabras a todos los jefes que he tenido hasta ahora, en las diferentes empresas para las que he trabajado. Con algunos de ellos todavía, a día de hoy, mantengo el contacto y el cariño. Gracias a todos por el mejor regalo que me han podido dar hasta ahora: su ejemplo.

Eleazar Salas

La autoridad tiene algo en común con el respeto, la confianza y el afecto: es como una planta que, para que dé flores y frutos, tiene que ser cultivada, regada y cuidada a diario. Una vez leí en alguna web especializada en cine que, mientras se documentaba para el papel, una actriz preguntó qué caracterizaba a Isabel II. La respuesta que recibió fue que, al entrar en una habitación, la Reina cambiaba automáticamente ‘el clima’ de dicha estancia y la actitud de las personas que hubiese dentro de ella. Pues bien, este ‘poder’ casi mágico de la Monarca no es algo extrapolable a todas las personas en un cargo de responsabilidad.

Considero que desempeñarse como jefe, teniendo un grupo de subordinados que depende de ti y responde ante ti, es algo mucho más complicado y exigente de lo que pudiera parecer. O, para ser más exactos, desempeñarse como un buen jefe. Sin embargo, ¿dónde se sitúa la línea que separa la mediocridad de la excelencia? ¿el despotismo de la equidad? ¿la frialdad de la calidez humana? Quisiera compartir un par de ejemplos de mi vida laboral, en tanto que subordinado, para pasar a exponer después mis puntos de vista al respecto de estas cuestiones:

=> Situación 1

Por medio de un e-mail en el que varias personas del mismo equipo estábamos incluidas, el jefe dio una orden a un compañero. Éste, al no comprender bien las razones que habían motivado la petición, optó por pedir explicaciones, mostrándose en principio reticente a cumplir las instrucciones mandadas, a menos que se le compartiese más sobre el contexto, con un mayor nivel de detalle. Al no retirarnos a los demás del intercambio de correos electrónicos, a continuación tuvimos que observar cómo la conversación virtual entre el jefe y el compañero se volvía cada vez más tensa, hasta que el jefe decidió zanjar el asunto, de la mano de la siguiente frase:

«Hazlo así porque lo digo yo, ¿TE QUEDA CLARO?«.

Y, sí, las mayúsculas fueron literales.

=> Situación 2

En otra empresa y otro equipo distintos, una mañana participé en una reunión de seguimiento con mi superior. Durante la reunión, al comentarle unas dudas que todavía tenía sobre los procesos de trabajo, éste me respondió de una forma que no me gustó. De hecho, me hizo sentir, entre otras cosas, como si no me estuviera interesando de verdad por entender nada. Al terminar con mi equipo, el jefe tuvo que meterse en otra reunión, por lo que, estando él ocupado, opté por enviarle un mensaje escrito. En aproxidamentente dos o tres párrafos le expuse que, aunque estaba seguro de que no había sido su intención, la manera cómo me había hablado me había herido, puesto que mi prioridad era hacer mi trabajo lo mejor posible. Asimismo, le dije que prefería hablarlo directamente con él, por transparencia, en lugar de hacer comentarios sobre él a sus espaldas.

Su respuesta, de una única línea, consistió en el emotico del guiño y una frase: «Tranquilo. Ya hablaremos«. Pues bien, no sólo no hablamos nunca sobre el tema, sino que poco después supimos en el equipo que él cambiaría de rol en el corto-medio plazo, por lo que ya no sería nuestro jefe como tal, algo con lo que él, según parece, estaba más que conforme.

=> Conclusiones

Sobre la Situación 1:

  • Para que una persona, en tanto que jefe de un equipo, sea respetado, valorado y obedecido, lo primero que tiene que hacer es ganárselo. Aquí el jefe pretendía que se siguiesen sus instrucciones a rajatabla, porque sí, como en un régimen militar. O como si él, al igual que en el ejemplo del principio del artículo, fuese Isabel II. Ese «porque lo digo yo» no sólo contribuyó a restarle credibilidad y autoridad, sino que además generó una cierta animadversión hacia él.
  • Si, quitándonos a los no interesados de en medio, el jefe hubiese hablado con mi compañero en privado, le hubiese explicado la situación y hubiese resuelto sus dudas con paciencia, posiblemente se hubiese ahorrado un conflicto.

Sobre la Situación 2:

  • Los subordinados no son máquinas ni tampoco burros de carga, sino seres humanos con emociones, dudas, inquietudes y sus propios ritmos, lo cual hay que comprender y respetar. Aquel jefe podría haber puesto en valor cómo me sentía. Sin embargo, lo que logró fue no sólo hacerme sentir que mis opiniones o sentimientos no le importaban lo más mínimo, sino que tampoco estaba dispuesto a lidiar conmigo o con mis compañeros mucho más que para lo estrictamente necesario (es decir, para sacar el ‘látigo’ y azotarnos cuando tuviese ocasión), puesto que su interés real era el de cambiar de rol lo antes posible. En resumidas cuentas, no tenía intención alguna ni de comunicarse conmigo ni de limar ninguna aspereza.

Un líder es aquella persona que está ahí, para con los suyos, luchando junto a ellos mano a mano y codo con codo, día tras día. Una persona que sabe ganarse con esfuerzo y constancia el respeto, la confianza e, incluso, el cariño de todos aquellos que lo siguen. Cualquiera puede ser un gerente mediocre. Y es ciero que, para ser un verdadero líder, la vía es escarpada y angosta. No obstante, creo que la meta no es sino la inmensa satisfacción de sentirse a la cabeza de un equipo cohesionado, empático y productivo. Tal vez la mejor forma de practicar sea, para empezar, ser uno el líder de sí mismo y de su propia vida.Y ya, después, tal vez se pueda plantear uno liderar a otros de forma adecuada y justa.

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Alegato por la gratitud y contra el rencor

A veces uno camina con tanto dolor en el pecho que mantenerse erguido y no doblarse resulta asombroso. A veces, ciertos pensamientos y ciertos recuerdos activan emociones que atrapan y que engullen, como si se tratase de arenas movedizas. Cada línea de ese monólogo interior hiere y maltrata el espíritu, deslizando un cuchillo sobre heridas que quizás no habían cicatrizado del todo. Sin darse cuenta, uno se ve sumido en un círculo vicioso de resentimiento, de tristeza y de autocompasión:

  • Culpabilizando, agrediendo y despotricando mentalmente sobre personas que, independientemente de la razón, uno siente que le fallaron y que le hicieron daño
  • Responsabilizando a la vida, a la sociedad, al mercado laboral, …, etc., de aquello en mi vida que no me gusta y que me hace sufrir, así como buscando ‘motivos’ externos que justifiquen que no pueda hacer nada para cambiar mi situación

De esta forma, transcurre un día, luego otro, y varios más, y el rencor y el dolor no sólo siguen ahí, sino que han crecido y se han reforzado, mientras uno se nota cada vez más fatigado, débil e impotente. ¿Por qué? Porque, como si fuesen un cáncer, esas emociones vampirizan la energía y lo van consumiendo hasta que uno se siente casi moribundo. Sin embargo, existe una estrategia que permite revertir la óptica desde la cual todo se ve y se interpreta: la gratitud.

  • ¿Que mi mente me lleva, sin querer, a pensar en alguien desde el rencor? Respuesta: Gracias a esa persona por los buenos momentos vividos y por lo mucho o poco que hayamos podido compartir. Gracias por ponerme en tesituras que me sacan de mi ‘zona de confort’ y que me dan la posibilidad de aprender y, eventualmente, de crecer.
  • ¿Que caigo en la trampa de culpabilizar al entorno por cómo es mi vida y empiezo a autocompadecerme? Respuesta: Gracias a la vida por el día de hoy y por todos los días que lo han precedido, trayéndome hasta donde estoy ahora. Por todas las experiencias vividas, por las personas que he conocido y me han aportado algo, y por la posibilidad que tengo hoy de mirar atrás y poder aprender tanto de mi propia trayectoria.

Como persona de naturaleza rencorosa, autocompasiva, irresponsable y de sentimientos, en muchas ocasiones, oscuros, sé que la gratitud como forma de asumir la realidad es algo muy fácil de expresar con palabras y dificilísimo de aplicar con hechos, como una disciplina del día a día. No se cambia la narrativa hacia uno mismo chasqueando los dedos y ya. Sin embargo, puedo decir que he sentido en mi propio fuero interno el efecto balsámico y liberador que otorga.

Uno se relaciona consigo y con su entorno a partir de la forma por la cual se percibe, se interpreta y se explica las cosas. Si se parte de una base tan patológica como es el resentimiento, como si los demás o la vida misma estuviesen en deuda con uno, lo único que se conseguirá es consumirse en la amargura. Supongo que lo que uno tendrá que preguntarse a sí mismo cada día es si eso es lo que se quiere de verdad. Dependiendo de la respuesta, ya uno elegirá qué perspectiva y qué actitud asumir.

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La incomunicación y la ‘muerte’ de las relaciones

Toda relación puede romperse, ya sea con una pareja, una amistad o incluso un familiar. Y la comunicación, por supuesto, tiene mucho que ver en el devenir del vínculo entre dos personas. Me gustaría exponer, a partir de un ejemplo extraído de mi vida privada, algunas razones que llevan a que las relaciones se tensen y, al final, acaben rompiéndose.

Durante mi adolescencia hubo un miembro de mi familia que se metía conmigo. Su intención no era mala, pero sus bromas y gestos no eran de mi agrado. De hecho, hacían que me sintiese mal. Sin embargo, en aquellos años no sabía cómo defenderme ante aquello o cómo decirle a dicha persona que dejase de hacer lo que estaba haciendo, puesto que me hacía daño. Transcurrido un tiempo, estudiando ya en la universidad, un buen día me atreví a llamarla, para decirle cómo me sentía. «No voy a permitir que me sigas tratando de esta forma«, recuerdo que le dije. Por su parte, esa persona reaccionó con sorpresa: «Nunca fue mi intención que te sintieses así. Nada más lejos de mi mente«, me contestó, entre otras cosas. Aquélla se podría decir que fue la última vez que conversamos. Aunque nos volvimos a ver un par de veces, nunca volvimos a reunirnos ni a hablar como tal y, a día de hoy, hemos perdido totalmente el contacto.

Habiéndolo analizado, con la perspectiva y la serenidad que el tiempo otorga, he logrado extraer las siguientes ideas:

=> Errores por mi parte

  • Las cosas hay que hablarlas lo antes posible, puesto que, si no, pierden actualidad y los sentimientos que éstas acarrean se enquistan. Es normal que, a veces, a la primera de cambio uno se quede sin saber cómo reaccionar ante algo o alguien, pero conviene no dejar pasar mucho tiempo antes de responder.
  • Posiblemente, si hubiese abordado la situación con aquella persona desde el principio, mis sentimientos de incomodidad no hubieran ‘escalado’ tanto. En otras palabras, al haber permitido un efecto ‘bola de nieve’, quizás acabé haciendo ‘una montaña’ de algo que no era más que ‘un grano de arena’.

=> Errores por la otra parte

  • Todos nos equivocamos, incluso cuando creemos que hacemos lo correcto. Podemos equivocarnos en el fondo, en las formas o en todo y, en realidad, es normal. Ser humano conlleva equivocarse constantemente. La diferencia la marca la capacidad de reconocerlo, aunque duela, y la voluntad de aprender de ello. En mi opinión, aquella persona no supo reconocer que, aunque su intención nunca fue herirme, lo hizo; no supo, por tanto, poner en valor aquello que yo le estaba compartiendo, que no era otra cosa que mis sentimientos, y no aprendió a relacionarse conmigo de otra manera, con la que los dos nos sintiésemos a gusto.
  • El silencio, la incomunicación y la distancia, dependiendo del caso, pueden sanar, calmar ánimos, dotar de perspectiva o, por el contrario, agravar una situación. Aquí lo que hicieron fue disolver un vínculo. La persona no sólo fue incapaz de plantearse que quizás se había equivocado conmigo, aun sin quererlo, sino que su forma de responder a mi mensaje fue la de alejarse de mí. Cada uno es como es y, evidentemente, la realidad es compleja. Es decir, esa persona tendría sus motivos legítimos para reaccionar como lo hizo. Sin embargo, el resultado fue, por desgracia, el final de nuestra relación.

Llegados a este punto, cualquiera podría preguntarme: «Si aquella persona te importaba, ¿por qué no intentaste hablar con ella, confrontarla con respecto a su distanciamiento e intentar recuperar la relación?«. Tal vez haya quien considere que mi respuesta sea fruto del orgullo o de la soberbia y no niego que sea así. No obstante, considero que las relaciones, sean del tipo que sean, son bilaterales. De mi lado, recabé coraje y cumplí con mi objetivo de comunicarle a dicha persona mis sentimientos y opiniones. Es decir, ‘la pelota’ pasó a estar ‘en su tejado’. Por aquel entonces, mi forma de interpretar la reacción de aquella persona fue que ésta no tenía un verdadero interés en arreglar las cosas conmigo; de lo contrario, hubiese hecho más por su parte. Fuese realmente así o no, la incomunicación alimentada por ambos terminó aniquilando aquello que nos unía.

A modo de conclusión, ¿con qué me quedo? Es muy simple: comuniquémonos y hagámoslo a tiempo, sin miedo. No nos guardemos las cosas. Lo que hay entre dos personas es puramente bilateral, sí, pero que no pese sobre uno el haber perdido la ocasión de hacerlo y que ello haya contribuido a la muerte de una relación.

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