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Impaciencia

Para J.

Mi signo es el Rey del fuego;

saber esperar nunca fue mi don,

aunque la vida me haya hecho trabajar en ello.

Ahora me muerdo los nudillos con especial ansia,

viendo cómo el sol baña las flores.

Es primavera, está en el ambiente,

y yo sólo siento la impaciencia de verte.

Sé que no debo desperdiciar el momento;

tan rápido lo que hoy es, quién sabe mañana.

Sin embargo, los segundos caen como losas pesadas,

mientras pienso en nuestro próximo encuentro.

Y qué decir… que te añoro y te anhelo.

Y sobre todo deseo que ojalá sientas lo mismo,

para notarlo cuando vuelva a reflejarme en tus ojitos.

Zrsg90

Quiéreme

«Quiéreme«, grita el inconsciente. Pero no es una orden, sino el ruego que subyace tras cada acto, cada palabra, cada sonrisa falsa, cada respiración profunda que haces, intentando mantener la calma. «Quiéreme, por favor«, suplicas cuando gastas dinero. Como aquella tarde después de comer, cuando invitaste a la ronda de cafés a esos compañeros de trabajo que apenas te habían dirigido la palabra. También cuando te dejas la energía recordando cada detalle, interesándote en cada momento, buscando demostrar que estás ahí para personas que luego no hacen lo mismo por ti. Pero no importa. Todo es poco con tal de sentir afecto, de que te acepten. Es el precio que pagas para que no te excluyan ni te agredan. Para que no te hagan daño.

Algunas noches, en tu cuarto, te das cuenta de que no importa cuánto te esforzaste; hoy también fuiste invisible para aquellos que ayer ni se molestaron en mirarte. Nunca resultó fácil sentirse el ‘verso suelto’ y te planteas que, a estas alturas, ya deberías estar habituado. Aun así, todavía te sorprendes ensuciándote el pantalón a la altura de las rodillas, de vez en cuando. «Quiéreme«, resuena constantemente el eco de tu ser.

Y, sí, ojalá algún día te quisieses a ti mismo.

Zrsg90

Apocalipsis

I

Como si de aquel cuento de Bradbury se tratase, todos sabíamos que ése sería el último día. Estaba claro y lo teníamos interiorizado ya.

  • He madrugado, pero ya no tengo que ir a trabajar -pensé según apagaba la alarma del despertador de mi teléfono móvil.

Lély ya estaba en la cocina. Tomamos un café, sin apenas cruzar palabra. Ninguno de los dos sentía la necesidad de comentar nada de particular.

  • Si quieres, cuando caiga la noche, podemos ir al parque que te gusta -dijo al fin Lély, mirándome- podemos pasar por el supermercado, coger algo de comer, ir allí… y esperar.
  • Bueno… -contesté- habrá que ver si todavía queda algo en el supermercado.

Intentamos esbozar una sonrisa. A decir verdad, aun estando ambos tranquilos, teníamos un poco de miedo.

II

Muchas personas ya habían dejado la ciudad. De hecho, aunque se habían acometido algunos actos de vandalismo en tiendas del centro, las calles estaban mayoritariamente desiertas. Llegamos al supermercado a eso de las 19h y, como había imaginado, en muchos pasillos se notaba la escasez. No obstante, pudimos meter en una bolsa una tarrina de helado, cubiertos de plástico, patatas fritas y refrescos. Cuando estábamos a punto de salir, me di cuenta de que Lély se había parado en seco.

  • Nene, eso es robar…
  • No hay cajeros. No hay nadie. Ya ves que los demás entran, pillan lo que sea que necesiten y se largan -argumenté. Lély, entonces, sacó un billete de 10 euros de su cartera y lo dejó sobre la cinta de una de las cajas.
  • Recuerda lo que nos decía mamá siempre -dijo, sin levantar la mirada, con la voz entrecortada- somos pobres, pero tenemos dignidad.

La abracé y le di dos besos. Dejamos escapar algunas lágrimas y emprendimos la marcha.

III

En la soledad de aquella colina, mi favorita del parque, los colores del ocaso parecían, si cabe, más espectaculares que nunca. Sentados en una toalla que habíamos extendido sobre el césped, improvisamos un picnic. Madrid, en el horizonte, se veía preciosa. Al no haber red ni comunicaciones disponibles, no pudimos contactar con nuestros familiares en Barcelona. Coloqué junto a nosotros algunas fotos que me había llevado de casa y, al mirarlas, el corazón me dio un vuelco.

  • No te preocupes -le dije a Lély, intentando mantener la compostura- nos reencontraremos todos en el más allá… estoy seguro.

Bajo las pocas estrellas que salieron a hacernos compañía, contemplamos desde nuestro privilegiado palco cómo los rascacielos de Chamartín por fin empezaban a caer. El panorama se derretía, como si fuera mantequilla. Y, aún así, pese a la destrucción, reinaba la paz. La ciudad había decidido no resistirse a su destino.

  • Me alegro de estar aquí, contigo -Lély y yo nos miramos en silencio. La emoción nos invadió. Mientras llorábamos, nos fundimos en un abrazo.
  • ¡Te amo! -exclamamos, finalmente, con una sola, y ya eterna, voz.

Zrsg90