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Patrimonio

Me he sentado a una mesa bajo el atardecer, con mis mejores galas, en un jardín hermoso y casi secreto, donde alguien me servía una copa de vino y algo de comer. He cruzado fronteras, para disfrutar de la exótica belleza de lo ajeno, apreciar la musicalidad de lenguas distintas a la mía y, desde la comodidad del turista, contemplar el trajín de los demás en su día a día. Hay quien tiene a su nombre sendas propiedades. Castillos en la campiña, como si los hubiera descrito la pluma de Jane Austen; vehículos que los ingenieros de antaño no llegaron ni a soñar; la entrada VIP a todas las fiestas, casi como bailes en la corte de los Romanov. Pero admito que la fragancia a lavanda sobre mi piel a veces me resulta innecesaria. Y hubiese salido corriendo de aquel jardín del Edén, dejando la copa de vino intacta. Me despojaría de la ropa, tan distinguida, y dejaría las gemas que me adornan de vuelta en el suelo al que pertenecen de verdad. Pues, ¿de qué me podría servir todo aquello, si no tuviera lo más valioso?

Mi patrimonio es el abrazo de quien me dio la vida; el momento de conexión espontánea con un amigo; los recuerdos de quiénes ya no están y espero reencontrar algún día. La paz interior que siento de noche, cuando apoyo la cabeza sobre la almohada. Si eso me faltara, aun en primera fila ante el paisaje más sublime del mundo, lo único que acaso contemplaría sería mi flagrante pobreza. No sería yo más que un adinerado, ostentoso y perfumado cadáver andante; no más que una mera apariencia sin esencia.

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El pozo

Nota: quiero dedicarle estas palabras a mi amiga, D., que está pasando por un mal momento. De todo se sale y de todo se aprende y se crece, reina. Tú puedes.

Hay muchas cosas que nos conectan a todos, como seres humanos que somos, pero sólo algunos de nosotros compartimos algo que es muy específico. Al cerrar los ojos, se hace la luz. Es entonces cuando uno se visualiza a sí mismo, a su vida, al entorno. Y, en medio del paisaje, ciertas personas divisamos un pozo. Si nos acercamos a él y nos asomamos, no vemos sino una profunda oscuridad, aparentemente sin fondo. No obstante, al aguzar el oído, captamos de repente un susurro que, poco a poco, va cobrando fuerza: «Ven«, nos invita una voz, cada vez con más firmeza y autoridad. Desde hace tiempo soy consciente de que siempre llevaré ese pozo dentro de mí. Y admito que en algunos momentos no sólo llegué a aproximarme, sino incluso a aventurarme en su interior. Afortunadamente, nunca me adentré tanto como para llegar a perder el camino de vuelta a la superficie.

Como los semejantes nos reconocemos entre nosotros, he podido percibir dicha sima también en el interior de personas cercanas a mí; algunas, muy queridas. De hecho, hace pocas semanas, le pedí a alguien que, aunque sienta constantemente el magnetismo de su pozo, no sucumba. «No quiero que alcances un punto de no retorno; no quiero enterarme de que un buen día te da por hacer alguna tontería«. Lo cierto es que por encima de ese lugar tenebroso hay un cielo lleno de astros brillantes; de arcoíris lustrosos. También hay fuentes de luz en el horizonte, sonido de risas y calidez; campos verdes que se expanden más allá de los sueños.

Por difícil que pueda resultar a veces, debemos hacer el esfuerzo de coexistir con la oscuridad, pero orientándonos a la luz. Aceptando las tinieblas y permitiendo que tengan el espacio que les corresponde, pero sin dejarles colonizar nuevos territorios. Con determinación, esperanza y paciencia, se puede avanzar. Y, si es necesario, se pide ayuda, pues siempre habrá quién pueda tenderle a uno una mano. Como se suele decir: «de todo se sale, menos de la muerte«. Y yo añadiría que, de todo se sale, se aprende y se crece.

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Confieso

Confieso que, mientras observaba tu sonrisa de niño pícaro, estuve a punto de decirte que te quería. Pero, poco antes, con mucha razón, habías comentado que la pasión es cegadora. Y, además, de pronto me di cuenta de que no todo el mundo tiene el privilegio de viajar al espacio exterior sin siquiera salir de su habitación. No todos llegan a sentirse como Bette Davis en aquel final de La Extraña Pasajera; un cigarrillo, dos miradas, la intimidad infinita y el silencio cómplice. Contigo en mis brazos, el reloj se detiene y deja de haber transiciones entre la luna y el sol. No hay principio ni fin, sólo tú y yo. Y cuando, al fin, te derramas en mí, me siento como un lienzo en blanco recibiendo el primer trazo de color de la mano de un artista.

Pero, amor, nada de eso es mi realidad. Mi cotidianidad no reluce con el brillo de tu estrella. Te irás y, habiendo comido ya, no habrá en la suciedad de mis cacharros rastro alguno de tu aroma a rosas. Ahora tus ojos me ven a través de un halo especial, pero no tardarías mucho en distinguir lo que en verdad hay detrás: otro ser humano cualquiera, sin más. Y, acaso, ¿me querrías así, porque sí? ¿Volverías a brindarme tu tiempo y tu compañía, ya superado el frenesí? ¿Aun sudado, ojeroso y fatigado, aun en el vulgar tedio del día a día, seguirías hallando belleza en mí?

Antes que procurarle respuestas innecesarias a mi corazón, opté entonces por quererte sin palabras, en aquel momento, con cada caricia y gesto. En cada beso. Y confieso que luego, cuando te marchaste, sentí una cierta tristeza al volver a aterrizar. Pero, ¿sabes? Al menos podré recordar que por unas horas alguien como tú se fijó en mí. Que, aunque fuera efímero, una vez tuve algo especial junto a ti. Que hubo un instante durante esa tarde, con tu sonrisa de niño pícaro en mis manos, en que te sentí mío.

Zrsg90