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Expectativas y decepciones: un poema

Cuando era adolescente solía escribir poesía con frecuencia; con el paso del tiempo, cada vez menos. Sin embargo, últimamente he pensado mucho en lo que significa vivir esperando algo de los demás: que sean de una forma u otra; que actúen de una determinada manera o no… cosas que, en definitiva, no siempre acaban ocurriendo tal y como hubiésemos deseado. Es entonces cuando surgen las decepciones. Hace poco, una persona muy cercana a mí me dijo una frase que considero llena de sabiduría: «No te decepcionan los demás; te decepcionan las expectativas que tú mismo te habías hecho sobre los demás«. Así pues, en función de estas reflexiones, he decidido expresarme en esta ocasión no mediante un artículo, sino por medio del poema que comparto a continuación:

Quiéreme hoy

Quiéreme hoy.
Quiéreme hoy como soy.
No dejes que otro día transcurra,
sin aceptarme y sin quererme así.

Tal vez no sea ya quien ayer fui
ni aún quien querrías que fuese mañana,
pero puedes tenderme la mano hoy
y quererme así, tal cual soy.

Te invito a que camines junto a mí
y a que me escuches, sin juzgarme.
Te invito a que me intentes comprender
y a que me tomes, sin intentar cambiarme.

Pero si, aún así,
sigue siendo doloroso para ti
mirarme y no hallar lo que esperas

Te invito a que me sueltes poco a poco
y a que te alejes, dando un paso tras otro,
que yo continuaré, a pesar de tu ausencia.

E.S.G.
Diciembre, 2021

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Alegato por la gratitud y contra el rencor

A veces uno camina con tanto dolor en el pecho que mantenerse erguido y no doblarse resulta asombroso. A veces, ciertos pensamientos y ciertos recuerdos activan emociones que atrapan y que engullen, como si se tratase de arenas movedizas. Cada línea de ese monólogo interior hiere y maltrata el espíritu, deslizando un cuchillo sobre heridas que quizás no habían cicatrizado del todo. Sin darse cuenta, uno se ve sumido en un círculo vicioso de resentimiento, de tristeza y de autocompasión:

  • Culpabilizando, agrediendo y despotricando mentalmente sobre personas que, independientemente de la razón, uno siente que le fallaron y que le hicieron daño
  • Responsabilizando a la vida, a la sociedad, al mercado laboral, …, etc., de aquello en mi vida que no me gusta y que me hace sufrir, así como buscando ‘motivos’ externos que justifiquen que no pueda hacer nada para cambiar mi situación

De esta forma, transcurre un día, luego otro, y varios más, y el rencor y el dolor no sólo siguen ahí, sino que han crecido y se han reforzado, mientras uno se nota cada vez más fatigado, débil e impotente. ¿Por qué? Porque, como si fuesen un cáncer, esas emociones vampirizan la energía y lo van consumiendo hasta que uno se siente casi moribundo. Sin embargo, existe una estrategia que permite revertir la óptica desde la cual todo se ve y se interpreta: la gratitud.

  • ¿Que mi mente me lleva, sin querer, a pensar en alguien desde el rencor? Respuesta: Gracias a esa persona por los buenos momentos vividos y por lo mucho o poco que hayamos podido compartir. Gracias por ponerme en tesituras que me sacan de mi ‘zona de confort’ y que me dan la posibilidad de aprender y, eventualmente, de crecer.
  • ¿Que caigo en la trampa de culpabilizar al entorno por cómo es mi vida y empiezo a autocompadecerme? Respuesta: Gracias a la vida por el día de hoy y por todos los días que lo han precedido, trayéndome hasta donde estoy ahora. Por todas las experiencias vividas, por las personas que he conocido y me han aportado algo, y por la posibilidad que tengo hoy de mirar atrás y poder aprender tanto de mi propia trayectoria.

Como persona de naturaleza rencorosa, autocompasiva, irresponsable y de sentimientos, en muchas ocasiones, oscuros, sé que la gratitud como forma de asumir la realidad es algo muy fácil de expresar con palabras y dificilísimo de aplicar con hechos, como una disciplina del día a día. No se cambia la narrativa hacia uno mismo chasqueando los dedos y ya. Sin embargo, puedo decir que he sentido en mi propio fuero interno el efecto balsámico y liberador que otorga.

Uno se relaciona consigo y con su entorno a partir de la forma por la cual se percibe, se interpreta y se explica las cosas. Si se parte de una base tan patológica como es el resentimiento, como si los demás o la vida misma estuviesen en deuda con uno, lo único que se conseguirá es consumirse en la amargura. Supongo que lo que uno tendrá que preguntarse a sí mismo cada día es si eso es lo que se quiere de verdad. Dependiendo de la respuesta, ya uno elegirá qué perspectiva y qué actitud asumir.

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La incomunicación y la ‘muerte’ de las relaciones

Toda relación puede romperse, ya sea con una pareja, una amistad o incluso un familiar. Y la comunicación, por supuesto, tiene mucho que ver en el devenir del vínculo entre dos personas. Me gustaría exponer, a partir de un ejemplo extraído de mi vida privada, algunas razones que llevan a que las relaciones se tensen y, al final, acaben rompiéndose.

Durante mi adolescencia hubo un miembro de mi familia que se metía conmigo. Su intención no era mala, pero sus bromas y gestos no eran de mi agrado. De hecho, hacían que me sintiese mal. Sin embargo, en aquellos años no sabía cómo defenderme ante aquello o cómo decirle a dicha persona que dejase de hacer lo que estaba haciendo, puesto que me hacía daño. Transcurrido un tiempo, estudiando ya en la universidad, un buen día me atreví a llamarla, para decirle cómo me sentía. «No voy a permitir que me sigas tratando de esta forma«, recuerdo que le dije. Por su parte, esa persona reaccionó con sorpresa: «Nunca fue mi intención que te sintieses así. Nada más lejos de mi mente«, me contestó, entre otras cosas. Aquélla se podría decir que fue la última vez que conversamos. Aunque nos volvimos a ver un par de veces, nunca volvimos a reunirnos ni a hablar como tal y, a día de hoy, hemos perdido totalmente el contacto.

Habiéndolo analizado, con la perspectiva y la serenidad que el tiempo otorga, he logrado extraer las siguientes ideas:

=> Errores por mi parte

  • Las cosas hay que hablarlas lo antes posible, puesto que, si no, pierden actualidad y los sentimientos que éstas acarrean se enquistan. Es normal que, a veces, a la primera de cambio uno se quede sin saber cómo reaccionar ante algo o alguien, pero conviene no dejar pasar mucho tiempo antes de responder.
  • Posiblemente, si hubiese abordado la situación con aquella persona desde el principio, mis sentimientos de incomodidad no hubieran ‘escalado’ tanto. En otras palabras, al haber permitido un efecto ‘bola de nieve’, quizás acabé haciendo ‘una montaña’ de algo que no era más que ‘un grano de arena’.

=> Errores por la otra parte

  • Todos nos equivocamos, incluso cuando creemos que hacemos lo correcto. Podemos equivocarnos en el fondo, en las formas o en todo y, en realidad, es normal. Ser humano conlleva equivocarse constantemente. La diferencia la marca la capacidad de reconocerlo, aunque duela, y la voluntad de aprender de ello. En mi opinión, aquella persona no supo reconocer que, aunque su intención nunca fue herirme, lo hizo; no supo, por tanto, poner en valor aquello que yo le estaba compartiendo, que no era otra cosa que mis sentimientos, y no aprendió a relacionarse conmigo de otra manera, con la que los dos nos sintiésemos a gusto.
  • El silencio, la incomunicación y la distancia, dependiendo del caso, pueden sanar, calmar ánimos, dotar de perspectiva o, por el contrario, agravar una situación. Aquí lo que hicieron fue disolver un vínculo. La persona no sólo fue incapaz de plantearse que quizás se había equivocado conmigo, aun sin quererlo, sino que su forma de responder a mi mensaje fue la de alejarse de mí. Cada uno es como es y, evidentemente, la realidad es compleja. Es decir, esa persona tendría sus motivos legítimos para reaccionar como lo hizo. Sin embargo, el resultado fue, por desgracia, el final de nuestra relación.

Llegados a este punto, cualquiera podría preguntarme: «Si aquella persona te importaba, ¿por qué no intentaste hablar con ella, confrontarla con respecto a su distanciamiento e intentar recuperar la relación?«. Tal vez haya quien considere que mi respuesta sea fruto del orgullo o de la soberbia y no niego que sea así. No obstante, considero que las relaciones, sean del tipo que sean, son bilaterales. De mi lado, recabé coraje y cumplí con mi objetivo de comunicarle a dicha persona mis sentimientos y opiniones. Es decir, ‘la pelota’ pasó a estar ‘en su tejado’. Por aquel entonces, mi forma de interpretar la reacción de aquella persona fue que ésta no tenía un verdadero interés en arreglar las cosas conmigo; de lo contrario, hubiese hecho más por su parte. Fuese realmente así o no, la incomunicación alimentada por ambos terminó aniquilando aquello que nos unía.

A modo de conclusión, ¿con qué me quedo? Es muy simple: comuniquémonos y hagámoslo a tiempo, sin miedo. No nos guardemos las cosas. Lo que hay entre dos personas es puramente bilateral, sí, pero que no pese sobre uno el haber perdido la ocasión de hacerlo y que ello haya contribuido a la muerte de una relación.

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