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Divagaciones de té verde

Hoy, al calmar mi ritmo, percibo la luz que se abre paso por entre los recovecos más lúgubres. Así como un goteo de sangre que desciende, incesante, hacia las fauces abiertas de un demonio. Ambas realidades coexisten, moldeando una mente, estirándola, como probando cuánto puede contorsionarse sin romperse.

Siento la frecuencia del infierno, sintonizando la voz de una tristeza infinita, un hambre que jamás se saciará. ¿Es el ego quién está detrás? Y, sin embargo, la luz logra sortearlo, atravesar toda densidad, como un designio irrenunciable.

Me pregunto si no es uno su propio vampiro, su propio escollo, su verdugo. Si Dios y Lucifer simplemente nos observan, distantes, mientras usamos nuestra libertad, sin querer asumir responsabilidad alguna. Si venimos con un plan, ¿nos distraemos? ¿Cuánto podemos desviarnos? ¿Lo cumplimos?

Bebo mi té verde, en esta gris mañana de sábado, y me pregunto hasta qué punto, consciente o inconscientemente, nos defraudamos; nos autodestruimos poco a poco, en un largo, pero certero suicidio, sin darnos cuenta de que no somos víctimas de nadie más que de nosotros mismos.

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Apocalipsis

I

Como si de aquel cuento de Bradbury se tratase, todos sabíamos que ése sería el último día. Estaba claro y lo teníamos interiorizado ya.

  • He madrugado, pero ya no tengo que ir a trabajar -pensé según apagaba la alarma del despertador de mi teléfono móvil.

Lély ya estaba en la cocina. Tomamos un café, sin apenas cruzar palabra. Ninguno de los dos sentía la necesidad de comentar nada de particular.

  • Si quieres, cuando caiga la noche, podemos ir al parque que te gusta -dijo al fin Lély, mirándome- podemos pasar por el supermercado, coger algo de comer, ir allí… y esperar.
  • Bueno… -contesté- habrá que ver si todavía queda algo en el supermercado.

Intentamos esbozar una sonrisa. A decir verdad, aun estando ambos tranquilos, teníamos un poco de miedo.

II

Muchas personas ya habían dejado la ciudad. De hecho, aunque se habían acometido algunos actos de vandalismo en tiendas del centro, las calles estaban mayoritariamente desiertas. Llegamos al supermercado a eso de las 19h y, como había imaginado, en muchos pasillos se notaba la escasez. No obstante, pudimos meter en una bolsa una tarrina de helado, cubiertos de plástico, patatas fritas y refrescos. Cuando estábamos a punto de salir, me di cuenta de que Lély se había parado en seco.

  • Nene, eso es robar…
  • No hay cajeros. No hay nadie. Ya ves que los demás entran, pillan lo que sea que necesiten y se largan -argumenté. Lély, entonces, sacó un billete de 10 euros de su cartera y lo dejó sobre la cinta de una de las cajas.
  • Recuerda lo que nos decía mamá siempre -dijo, sin levantar la mirada, con la voz entrecortada- somos pobres, pero tenemos dignidad.

La abracé y le di dos besos. Dejamos escapar algunas lágrimas y emprendimos la marcha.

III

En la soledad de aquella colina, mi favorita del parque, los colores del ocaso parecían, si cabe, más espectaculares que nunca. Sentados en una toalla que habíamos extendido sobre el césped, improvisamos un picnic. Madrid, en el horizonte, se veía preciosa. Al no haber red ni comunicaciones disponibles, no pudimos contactar con nuestros familiares en Barcelona. Coloqué junto a nosotros algunas fotos que me había llevado de casa y, al mirarlas, el corazón me dio un vuelco.

  • No te preocupes -le dije a Lély, intentando mantener la compostura- nos reencontraremos todos en el más allá… estoy seguro.

Bajo las pocas estrellas que salieron a hacernos compañía, contemplamos desde nuestro privilegiado palco cómo los rascacielos de Chamartín por fin empezaban a caer. El panorama se derretía, como si fuera mantequilla. Y, aún así, pese a la destrucción, reinaba la paz. La ciudad había decidido no resistirse a su destino.

  • Me alegro de estar aquí, contigo -Lély y yo nos miramos en silencio. La emoción nos invadió. Mientras llorábamos, nos fundimos en un abrazo.
  • ¡Te amo! -exclamamos, finalmente, con una sola, y ya eterna, voz.

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El pozo

Nota: quiero dedicarle estas palabras a mi amiga, D., que está pasando por un mal momento. De todo se sale y de todo se aprende y se crece, reina. Tú puedes.

Hay muchas cosas que nos conectan a todos, como seres humanos que somos, pero sólo algunos de nosotros compartimos algo que es muy específico. Al cerrar los ojos, se hace la luz. Es entonces cuando uno se visualiza a sí mismo, a su vida, al entorno. Y, en medio del paisaje, ciertas personas divisamos un pozo. Si nos acercamos a él y nos asomamos, no vemos sino una profunda oscuridad, aparentemente sin fondo. No obstante, al aguzar el oído, captamos de repente un susurro que, poco a poco, va cobrando fuerza: «Ven«, nos invita una voz, cada vez con más firmeza y autoridad. Desde hace tiempo soy consciente de que siempre llevaré ese pozo dentro de mí. Y admito que en algunos momentos no sólo llegué a aproximarme, sino incluso a aventurarme en su interior. Afortunadamente, nunca me adentré tanto como para llegar a perder el camino de vuelta a la superficie.

Como los semejantes nos reconocemos entre nosotros, he podido percibir dicha sima también en el interior de personas cercanas a mí; algunas, muy queridas. De hecho, hace pocas semanas, le pedí a alguien que, aunque sienta constantemente el magnetismo de su pozo, no sucumba. «No quiero que alcances un punto de no retorno; no quiero enterarme de que un buen día te da por hacer alguna tontería«. Lo cierto es que por encima de ese lugar tenebroso hay un cielo lleno de astros brillantes; de arcoíris lustrosos. También hay fuentes de luz en el horizonte, sonido de risas y calidez; campos verdes que se expanden más allá de los sueños.

Por difícil que pueda resultar a veces, debemos hacer el esfuerzo de coexistir con la oscuridad, pero orientándonos a la luz. Aceptando las tinieblas y permitiendo que tengan el espacio que les corresponde, pero sin dejarles colonizar nuevos territorios. Con determinación, esperanza y paciencia, se puede avanzar. Y, si es necesario, se pide ayuda, pues siempre habrá quién pueda tenderle a uno una mano. Como se suele decir: «de todo se sale, menos de la muerte«. Y yo añadiría que, de todo se sale, se aprende y se crece.

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