Archivo de la etiqueta: amistad

Patrimonio

Me he sentado a una mesa bajo el atardecer, con mis mejores galas, en un jardín hermoso y casi secreto, donde alguien me servía una copa de vino y algo de comer. He cruzado fronteras, para disfrutar de la exótica belleza de lo ajeno, apreciar la musicalidad de lenguas distintas a la mía y, desde la comodidad del turista, contemplar el trajín de los demás en su día a día. Hay quien tiene a su nombre sendas propiedades. Castillos en la campiña, como si los hubiera descrito la pluma de Jane Austen; vehículos que los ingenieros de antaño no llegaron ni a soñar; la entrada VIP a todas las fiestas, casi como bailes en la corte de los Romanov. Pero admito que la fragancia a lavanda sobre mi piel a veces me resulta innecesaria. Y hubiese salido corriendo de aquel jardín del Edén, dejando la copa de vino intacta. Me despojaría de la ropa, tan distinguida, y dejaría las gemas que me adornan de vuelta en el suelo al que pertenecen de verdad. Pues, ¿de qué me podría servir todo aquello, si no tuviera lo más valioso?

Mi patrimonio es el abrazo de quien me dio la vida; el momento de conexión espontánea con un amigo; los recuerdos de quiénes ya no están y espero reencontrar algún día. La paz interior que siento de noche, cuando apoyo la cabeza sobre la almohada. Si eso me faltara, aun en primera fila ante el paisaje más sublime del mundo, lo único que acaso contemplaría sería mi flagrante pobreza. No sería yo más que un adinerado, ostentoso y perfumado cadáver andante; no más que una mera apariencia sin esencia.

Zrsg90

P.

Conocí a P. de excursión por el lado oscuro de la luna.

En un rincón de la selva donde la vegetación tupida impedía al suelo conocer la luz del sol.

Dentro de un pequeño trastero en el que objetos olvidados cobraban vida, camuflados bajo el polvo y las telarañas.

Como cuando, de repente, se atisba una estrella fugaz cruzar el firmamento y se intuye que muy pocas veces se volverá a ver algo así… es así como atesoro los momentos junto a ti.

Justo allí, en el hábitat de mi fuego interior; donde la memoria de la piel se esconde, liberada al fin de toda inhibición.

Que los envites de esta vida no desgasten la sonrisa que una vez fue para mí; que el helador impacto de los golpes del destino no apague el calor que tus manos, entonces, me hicieron sentir.

Te recuerdo y, como siempre, agradezco lo compartido. Y hoy te deseo, de forma especial, que no te falten los momentos de felicidad, según sigas avanzando en tu camino.

Zrsg90

Necedad

Si alguna vez he querido perpetrar un crimen, ha sido el de robarle más tiempo al tiempo: más horas al día, más días al fin de semana, más semanas a las vacaciones, más vacaciones a la rutina de la vida.

De acometer un delito, violaría las leyes de esta realidad, para eternizar algunas de las cosas que he sentido: el amor de mi madre, la ternura de mi abuela, la compañía de mis tías, la lealtad de mis amigos.

Si pecase contra Dios, destrozaría el fruto de su creación; detendría, al fin, las desesperantes agujas del reloj. Y, así, disfrutaría de lo bueno, de los míos, para siempre.

Pero Dios se carcajea ante mis pueriles blasfemias. Y no hay castigo ni grilletes para aquello que jamás ocurrirá.

Tras su pataleta, quizás halle algo de consuelo en la esperanza este necio mortal.

Y, tal vez, también, la empatía de todos los que se hayan planteado los mismos desatinos.

Zrsg90